Convocatoria de
la C.E.A.
al COMLA 6 - CAM 1
"Vayan por todo el mundo y
proclamen
la buena noticia a toda criatura" (Mt. 16,15)
La Iglesia es esencialmente misionera. Su dinamismo procede del corazón misericordioso de Dios Padre que envía a Su Hijo Jesucristo y a su Espíritu Santo para que todos los hombres sean hijos suyos (cf. lg 2-5; ag 2-5; rm 1). La Iglesia no existe sino para evangelizar (cf. en 14-16), es decir, para anunciar y comunicar el Reino de Dios que se inicia en este mundo y que sólo acabará de llegar en el advenimiento glorioso de Cristo al final de la historia.
La Iglesia, desde el corazón de Dios Padre, sostenida por su amor gratuito y misericordioso en Cristo y con la fuerza de su Espíritu, quiere ser el buen samaritano que recorra los caminos de tierra y tiempo de esta creación para recoger al hombre herido por el pecado, el propio y el de sus hermanos, para curarlo e introducirlo en la vida nueva de los hijos de Dios.
La misión pertenece a la Iglesia, como pertenece a Dios Padre el dispensarse en su Hijo Jesucristo por el Espíritu Santo. La Iglesia en nuestras tierras quiere responder con la generosidad de la caridad a este llamado misionera, para vivir con mayor verdad su misterio y su destino. Un signo de ese deseo profundo son los Congresos Misioneros que se han realizado.
El llamado a la misión nos lleva en las palabras de Cristo mismo a través de la Iglesia Vayan y proclamen pero también nos urge en la voz de los hombres de nuestro tiempo marcados por la pérdida del sentido de la vida al oscurecer la noción de verdad y de bien, al dejarse ganar por los ídolos del tener, del placer y del poder. El llamado es a completar lo que falta a la misión de Jesús, es decir, a su pasión redentora, para revelar su rostro y su amor en el rostro, el los gestos y en las palabras de la Iglesia de estas tierras.
En el medio del mundo que cambia profunda, universal y rápidamente, es una crisis cultural que sorprende y amenaza al hombre en su verdad y en su destino, y sostenidos por la esperanza en las promesas de Jesucristo, tenemos el gozo de anunciar el Sexto Congreso Misionero Latinoamericano.
El Episcopado Argentino aceptó como un exquisito don del Señor la elección de nuestra patria como sede del Congreso, y dispuso que éste tuviera lugar en la ciudad de Paraná, desde el 29 de septiembre al 3 de octubre de 1999.
En mi condición de Presidente de la Confederación Episcopal Argentina, me corresponde la gracia de convocar oficialmente al Sexto Congreso Misionero Latinoamericano.
Queda establecido como Objetivo General del Congreso "Impulsar a las Iglesias de América Latina y del Caribe para que anuncien a Jesucristo el Salvador a todos lo pueblos, testimoniando, sirviendo y dialogando".
Encarezco vivamente la oración de todos, especialmente de los que sufren, para implorar sin cesar del Padre de todos los hombres y pueblos por los frutos de esta asamblea y en particular por el don de las vocaciones misioneras.
El Gran Jubileo del Señor el año 2000, que es la celebración de Jesucristo como Señor de la historia, interpela fuertemente la conciencia misionera. Todos los que aún no confiesan a Cristo o ni siquiera lo conocen son destinatarios del Evangelio como nosotros y esperan de la Iglesia que le acerquemos la luz y la vida del Señor. Son nuestros acreedores. Nuestra deuda es deuda de amor, creada por la promesa de salvación universal de Jesús. A pagarla nos urge el amor mismo de Cristo. Debemos ser su sacramento.
El comla vi será la renovación y el fortalecimiento de nuestro compromiso misionero en las vísperas del Gran Jubileo del año 2000, en el umbral del Tercer Milenio de la Redención.
Hoy también estamos en vísperas del Sínodo de América, un acontecimiento extraordinario cargado de promesas. Es un nuevo llamado del Papa a los Pastores para crecer en comunión y solidaridad, en un continente marcado por la fe cristiana y por el bautismo, y probado profundamente por tantos males, como el secularismo y las sectas, la injusticia social y la droga. Es una oportunidad extraordinaria para la ayuda misionera entre nuestros países y para la acción misionera coordinada a otros países, y para la lucha por la justicia social en nuestros pueblos.
América Latina, con casi la mitad de los católicos de la Iglesia, tiene que asumir proporcionalmente su responsabilidad misionera. Ella debe rogar al Señor que le haga el don de una primavera misionera, en la que la gloria de su Resurrección inunde el corazón de los fieles, y el Espíritu Santo los impulse a recorrer los caminos del mundo irradiando y proclamando el misterio de la salvación.
La nueva Evangelización no manifiesta plenamente la verdad de su dinamismo sino en la universalidad de la misión. El espíritu misionero, esplendor de la caridad, mide la verdad de la vida de fe de los pueblos. Debemos ser, en Cristo y la Iglesia, luz de las naciones.
Nuestra Señora de Guadalupe, que nos engendró la gracia con su amor de Madre, nos haga crecer en la imitación de su Hijo Jesucristo para anunciar el Reino de Dios en esta tierra sedienta de Gracia y gloria. Que por la acción misionera de latinoamericanos se cumpla en muchos pueblos la promesa de salvación.
Paraná, 1º de noviembre de 1997
Solemnidad de todos los Santos
Mons. Estanislao Esteban Karlic