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Infancia Misionera en el Congreso

Infancia Misionera: La Esperanza de un Mundo Mejor

Monseñor Carlos Forbin Janson fue el primero que lo vio claro: "¿Quiénes mejor que los niños cristianos para cuidar y proteger a esos otros niños de todo el mundo que precisan ayuda desesperadamente?"

Así creó lo que entonces se denominó Obra Misional de la Santa Infancia y que más tarde se convertiría en la Infancia Misionera. Fue en 1843, hace nada más y nada menos que 155 años, cuando nadie pensaba en los niños del Tercer Mundo, cuando no existía la Unicef y cuando no se había creado ni una sola ONG.

Y aquí está hoy la Infancia Misionera, viva y actuante, presente en más de 107 países. Unos 20 millones de niños del Tercer Mundo se benefician, día tras día, de la solidaridad de los niños cristianos de toda la tierra. Un recorrido por los pueblos y lugares más pobres de África, Asia, Oceanía y América Latina daría ocasión de contemplar las iniciativas educativas y sanitarias que la Infancia Misionera mantiene en pie: 15.000 jardines de infancia o escuelas maternales; 38.686 escuelas de enseñanza primaria; 12.682 de enseñanza media. Se podrían ver, igualmente, más de 2.055 hospitales, 6.873 dispensarios, 2.743 orfanatos. Y si se extremara un poco más la curiosidad, se observaría cómo la solidaridad de la Infancia Misionera sostiene a miles y miles de grupos de catequesis, rebosantes de niños que desean conocer a Jesús.

El balance de lo efectuado por la Infancia Misionera es, a tenor de estos datos, impresionante. En 1998, recaudó a nivel mundial $15.249.089 dólares. Los niños argentinos contribuyeron a la Obra con $10.400 pesos.

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¿Cabe imaginar cuántos millones de niños y de niñas han sido atendidos por la solidaridad de la Infancia Misionera? ¿Cuántos salvaron sus vidas, cuantos amansaron su hambre, cuántos sanaron de sus enfermedades, cuántos tuvieron en sus manos un cartón y un lapicero, un recreo alegre, unas aulas limpias? La Obra de la Infancia Misionera hace, sin duda una gran labor. Pero, por desgracia, son muchos todavía los retos que hay que afrontar para lograr un mundo más justo.

 

La infancia ya no es una época feliz

Millones de niños siguen viviendo una infancia no apta para menores. Los juegos, las alegrías, la ausencia de preocupaciones que deberían llenar sus primeros años de vida han sido sustituidos por las crudas consecuencias que el mundo de los adultos ha creado a su alrededor. Actualmente, por ello, existen miles de razones para que los niños cristianos de la Infancia Misionera sigan uniendo sus esfuerzos y se movilicen en servicios y sacrificios de solidaridad.

Cada día más, la realidad se empeña en desdibujar la infancia como una época feliz. Lo cierto es, sin embargo, que la vida de los niños de los denominados Primer y Tercer Mundo está marcada por profundas diferencias y, en consecuencia, por problemas radicalmente distintos. Muchos pequeños en Occidente se enfrentan, es verdad, a la soledad, a la incomunicación con sus padres, a la violencia doméstica y a los malos tratos... En cambio, es alarmante la cifra de los niños que en los paises subdesarrollados de África, Asia y de nuestro propio continente de Ámerica, carecen de la más básica atención médica, educación, alimentación y que sufren, además, la explotación laboral.

 

En nuestra sociedad de consumo son muchas las familias que sólo piensan en vivir bien, en acomodarse y en gastar dinero en caprichos. Es triste ver como algunos niños tiran el dinero en ropa cara, en cines, en vídeojuegos... Pero también es cierto que, desde esta sociedad egoísta, se alzan iniciativas, como ésta de la Infancia Misionera, que intentan paliar las injusticias que el mundo de los adultos causa en los niños.

La tarea no es fácil, no hay la menor duda. Son muchas las infamias que se siguen cometiendo contra la infancia. Según Unicef, son 35.000 los pequeños que fallecen cada día en el mundo por causas que podrían evitarse. Las muertes por malnutrición son más discretas que las que produce la guerra; se trata de una emergencia silenciosa, más difícil de detectar y que preocupa menos a la opinión pública que los conflictos bélicos: pero no por ello es un fenómeno menos grave.

Según esta organización, cada año mueren 12 millones de niños menores de cinco años; de esos fallecimientos, la mitad ocurre porque el niño ha tenido muy poco y malo que llevarse a la boca. Por no tener, en el mundo pobre, los niños carecen de micronutrientes tan accesibles como el yodo de la sal, cuya falta provoca cretinismo; no tienen hierro, vitamina A, zinc y ácido fólico, elemento muy importante para los glóbulos rojos.

"La desnutrición no sólo es causa de pobreza, sino su efecto. Es un círculo vicioso que, si no se rompe, seguirá impidiendo el desarrollo mundial", denucia Francisco González Bueno, miembro del comité español de Unicef. "Aunque no llegue a provocar la muerte, la desnutrición causa un bajo cociente intelectual y debilidad psíquica y física, cargas terribles para la familia y la sociedad", argumenta Bueno.

De los 37 países que padecen graves penurias alimentarias, con altos índices de mortandad por malnutrición, la mayoría son países africanos, aunque no son los únicos. Los más afectados se encuentran en África oriental, como Etiopía, Kenia, Uganda, Somalia, Tanzania y la República Democrática del Congo. En Sudán se requiere ayuda para los 2,4 millones de desplazados a causa de las inundaciones. Las excesivas precipitaciones han dañado también seriamente a Eritrea, Burundi y Ruanda, y, en menor grado, a Burkina Faso, Mauritania, Níger, Senegal y Lesotho.

En Asia -gravemente afectada por la baja producción de arroz-, la situación más crítica se registra en Corea del Norte, donde la ONU reconoce un estado de malnutrición generalizado. Sectores importantes de la población de Mongolia también se han visto muy afectados. En el caso de Irak, el problema de la falta de alimentos, de malnutrición de la población y de mortalidad infantil, no está provocado por los fenómenos atmosféricos, sino por el férreo embargo a que el país está sometido desde el fin de la guerra del Golfo.

Los daños en América Latina no son menores. A las lluvias torrenciales ocasionadas por El niño, que han causado deterioros en los cultivos e infraestructuras de Haití, Cuba y Brasil, se suman las altas temperaturas que han perjudicado a Ecuador, Perú y Bolivia. Por si fuera poco, el huracán Mitch ha terminado por sembrar el caos en Centroamé rica, arrasando países como Honduras, Guatemala, Nicaragua y El Salvador.

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Empuñando las armas

Otro dato alarmante, referente a la infancia, son los cerca de 200.000 niños que empuñan armas en alguna de las guerras existentes. En la última década, dos millones de niños han fallecido victimas de conflictos armados, según recoge el libro Los niños soldados, recientemente publicado por la Cruz Roja. Una de las conclusiones de sus autores, los investigadores llene Cohn y Guy GoodwinGill, es que algunos de estos chicos estiman que gozan de mayor seguridad física dentro de los moviemientos armados que fuera de ellos y dentro de otros grupos (niños de la calle, refugiados y desplazados), ya que encuentran en estos colectivos un lugar de estabilidad, lealtad, disciplina, confianza, orgullo y respeto.

Unicef afirma que en el mundo hay 250 millones de niños que son explotados laboralmente. La mayoría trabaja en el sector agrícola, pero también se ocupan en la minería, construcción, elaboración de calzado y material deportivo, cerillas, pirotecnia, fábricas de cristal, cerámica e incluso en la prostitución. Otros 100 millones de niños viven abandonados en las calles. De ellos, 40 millones en Latinoamérica. Son niños que ni siquiera pueden recurrir a dejarse explotar laboralmente para comer. Sus ingresos vienen normalmente de la mendicidad, los pequeños hurtos o la prostitución. Y además, su presencia supone un estorbo para las administraciones y fuerzas de seguridad de ciudades como Brasilia, Ciudad de México o Bogotá, que se dedican a limpiar las calles utilizando como herramientas la tortura y el asesinato.

El trabajo de los misioneros y las ONGs que luchan por sacar adelante a estos niños de las calles es doble: por un lado, tienen que alimentarles, cuidarles, darles un trabajo, una educación y un alojamiento, tareas en las que los Gobiernos han fracasado estrepitosamente. Por otro, deben protegerles de los agentes de policía y guardias de seguridad sin escrúpulos que los someten a malos tratos, torturas, violaciones y, en numerosas ocasiones, los asesinan. "La sociedad cree que puede declararse padre y madre de un niño abandonado por decreto, pero éstos han perdido ya la confianza en el adulto", explica Javier de Nicoló, un salesiano que lleva 30 años en Bogotá. "El niño debe escogerle a uno. Debes ir a donde esté, mostrar curiosidad, darle amistad, para que sea él quien acabe subiendo a tu furgoneta. El trabajo es duro, pero compensa cuando el niño logra comer regularmente, ir limpio, y recupera la autoestima necesaria para plantearse luchar por su futuro".

 

Niños misioneros: La esperanza de un nuevo amanecer

Son demasiados, como puede comprobarse, los niños que sufren en el mundo y demasiados también los problemas que les afectan. Por eso, hoy más que nunca, no debemos dejar de luchar por un mundo que, aunque creado bajo el signo del amor, ha degenerado en lucha, rivalidad, miseria... , afirma José Luis Irízar Artiach, Director Nacional de las Obras Misionales Pontificias de España. La esperanza mueve el corazón de los misioneros y misioneras para construir un mundo más justo. Y los niños pueden también contribuir a esa tarea:

"Tender sus manos con generosidad hacia otros niños, semejantes a ellos, que necesitan su apoyo, su ayuda y solidaridad; que necesitan esperanza", añade José Luis Irízar.

La Infancia Misionera es, para estos chicos, esa esperanza, porque en ella están los misioneros del presente y del futuro. Jesús confía muchísimo en los niños, porque sabe que consiguen lo que se proponen. Y ellos pueden hacer mucho en sus familias, con sus amigos del colegio, sus vecinos, el mundo entero. El niño de hoy vive casi al alcance de la voz de los niños más lejanos, gracias a los medios de comunicación social y a la mezcla de las gentes de los distintos pueblos. El niño, con la frescura de su fe y el entusiasmo de la edad, puede llegar a ser realmente misionero de esperanza.

El amanecer de un nuevo día es siempre esperanzador, pues supone una nueva oportunidad. Por eso, a las puertas del Tercer Milenio, iluminados por la fe, todos esperamos ''nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite lajusticia" (2P. 3,13).

Esperamos que nunca vuelvan a alzarse las espadas de un pueblo contra otro pueblo, que de las espadas se forjen arados y de las lanzas podaderas. Esperamos el triunfo del amor, el triunfo del Reino de Dios.

Este mañana misionero está hoy en germen en el corazón de los más pequeños. Ellos son la promesa del nuevo amanecer de la Iglesia.

Juan Pablo II así lo ha dicho: "Quiero dirigirme a los miembros de esta Obra de la Infancia Misionera, a los animadores y a los niños para volver a decirles que la Iglesia alberga grandes esperanzas en su capacidad de cambiar el mundo... La evangelización está jalonada de muchos testigos jóvenes... Y proseguirá gracias a las nuevas generaciones de niños nacidos a la vida de Dios y de la Iglesia por el bautismo, sobre todo en las iglesias jóvenes que se adhieren ardientemente a Cristo y demuestran una gran generosidad para el anuncio de la Buena Nueva".

 

Infancia Misionera: Una red de solidaridad inquebrantable

Los niños de la Infancia Misionera llevan realizando, ininterrumpidamente, durante más de 150 años un servicio en favor de los niños más necesitados del mundo, compartiendo no sólo su ayuda material, sino su fe, y ayudando a que esos otros niños puedan ser evangelizados y bautizados, y lleguen a ser amigos de Jesús.

Como explica el padre Santos Paniagua, director de la revista Iluminare, "es una red, porque los niños están entrelazados y viven una comunión misionera entre ellos, en sus parroquias, en sus diócesis..., hasta formar una gran familia extendida por todo el mundo; una familia de pequeños grandes misioneros que trabajan muy activamente, con un corazón sin fronteras. Así el niño, desde su más tierna infancia, comienza a sentirse solidario, ciudadano del mundo que cada vez es más próximo. Desarrolla en él los sentimientos nobles del misionero que se preocupa por los demás, se siente importante porque es Jesús el que le ama y le envía. De esta forma, se consigue que tengan mentalidad, convicciones y criterios misioneros, siempre, en todas partes y para el mundo entero. Con este espíritu misionero el niño comienza a conocer y a recorrer el mundo, a descubrir nuevas culturas y razas nuevas y a sentirse hermano de todos ellos".

 

El papel del educador: padres, profesores, catequistas...

En esta tarea de despertar la conciencia misionera del niño, adquiere una gran relevancia, sin duda, el papel del educador: padres, profesores, catequistas... Ellos son quienes deben transmitir a los pequeños que sin compartir no hay cristianismo, que un cristianismo egoísta en nuestro tiempo es una blasfemia. "La esperanza también debe ser para ellos el motor que impulse su importante labor: lograr que la colaboración del niño misionero con los niños de las regiones y de las Iglesias más necesitadas fructifique y se mantenga firme", explica monseñor Irízar, quien añade que "cuando poco se tiene, es evidente que poco pasa a ser mucho. ¿Qué acto de generosidad es mayor que el de quien, sin tener nada, se da a si mismo?".

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Y, en este sentido, ¡cuántos misioneros y misioneras - como había soñado monseñor Forbin Janson - ha procurado a la Iglesia la Obra de la Santa Infancia!

Ahora vamos a cruzar las puertas de un nuevo milenio, una ocasión única para abrirnos a la esperanza de un mundo mejor, donde haya más alegría, fe, justicia, paz, amor... De ahí decimos: "Los niños, misioneros de esperanza". Porque ellos, con su corazón inquieto y generoso tienen mucho que decir y hacer para mejorar la situación del hombre del Tercer Milenio en todas sus dimensiones".

 

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