![]() Significado del Logo |
COMLA 6 - CAM 1 Documentos de Trabajo |
INDICE
INTRODUCCIÓN *
PRIMERA PARTE * AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE, ENTRE CRISIS Y ESPERANZA * 1. VISIÓN DE LA REALIDAD, ENTRE CRISIS Y ESPERANZA *O
bjetivo General *
Objetivos específicos *1.1 Consecuencias de la globalización *2. VISIÓN DE LA REALIDAD HISTÓRICA O SECULAR *
1.2 Influencias de la globalización en el continente *
1.3 Búsqueda de un nuevo orden social *
2.1 SITUACIÓN ESTADÍSTICA *3. SIGNOS DE ESPERANZA *
2.1.1 Realidad cristiano - católica del mundo *
2.1.2 En nuestro continente americano y caribeño. AMÉRICA * 2.2 REPERCUSIONES EN LA IGLESIA. *
2.2.1 Escasa conciencia misionera de muchas Iglesias locales *
2.2.2 La poca participación del laicado en la misión *
2.2.3 Deficiencias en la praxis de la inculturación y el diálogo *
2.2.4 Dependencia de nuestras Iglesias. *
2.2.5 Desconocimiento y poco aprovechamiento de las Obras Misionales Pontificias *
2.2.6 Otras situaciones que nos deben preocupar *3.1 Iglesias con características propias *SEGUNDA PARTE * JESUCRISTO, ENVIADO DEL PADRE, CON LA FUERZA DEL ESPÍRITU SANTO, LIBERACIÓN Y ESPERANZA PARA TODOS LOS PUEBLOS * 1. JESUCRISTO *
3.2 El envío de misioneros *
3.3 Búsqueda de renovación pastoral *
3.4 Evangelización inculturada *
3.5 Florecimiento vocacional *
3.6 Espiritualidad Misionera *
3.7 El testimonio de los mártires *
3.8 El aporte de las O.M.P *
3.9 Frutos de los COMLAs *
3.10 Medios de Comunicación al servicio de la misión *1.1 Enviado por el Padre *2. UNA IGLESIA, QUE VIVE, SIRVE Y ANUNCIA A JESUCRISTO * ENVIADO DEL PADRE *
1.2 Nos envía su Espíritu *
1.3 Jesucristo, nos envía a la Misión *2.1 La Iglesia Misterio *3. MARÍA, MODELO DE IGLESIA MISIONERA *
2.2 La Iglesia misterio de Comunión *
2.3 La Iglesia: comunión para la MISIÓN. *
2.4 Evangelización o actividad misionera *
2.4.1. La Iglesia particular sujeto de la misión *
2.4.2. Presentación del "Kerigma" *
2.4.3. Cómo se lleva a cabo *
2.4.3.1 Testigos de la Fe *
2.4.3.2 Testigos de comunión. *
2.4.3.3 Testigos de la esperanza *
2.4.3.4 Testigos de solidaridad *
2.4.3.5 Inculturación *
2.4.4. Ámbitos de la actividad evangelizadora *
2.4.5. Agentes de la Pastoral Misionera *
2.4.6. Vitalidad cristiana de la Iglesia particular comprometida en la actividad misionera *
(D.P 363) *
2.4.6.1 Espiritualidad Misionera *
2.4.6.2 Mártires *
3.1 Como María *
3.2 Con María *
3.3 Por María *
Los umbrales del Jubileo de la Redención que estamos prontos a cruzar, enmarcan la celebración de nuestro sexto COMLA y nos permiten percibir las crecientes y dramáticas necesidades que se le plantean a la misión universal de la Iglesia, con exigencias contundentes y clamorosas.
Los COMLAs nacieron en 1977, por iniciativa de las Obras Misionales Pontificias con el apoyo de todos los Obispos, y han llegado a desempeñar un papel protagónico en el despertar misionero de las Iglesias de América Latina y el Caribe. Por medio de ellos, varios países y miles de personas, han logrado animarse para asumir la responsabilidad misionera dentro de sus Iglesias o más allá de las fronteras.
Aún está vivo el testimonio alegre y el impacto del COMLA V vivido en Brasil en 1995 y que marcó una pauta en la búsqueda de caminos para la Evangelización inculturada, como elemento clave en la construcción del Reino de Dios en el mundo de hoy.
La celebración del COMLA VI, asumido con entusiasmo por la Iglesia de Argentina, en el que después del Sínodo de América participarán también los países del Norte, está enmarcado por realidades nuevas e inquietantes que abarcan desde los acontecimientos más hermosos y seductores hasta las realidades degradantes e inhumanas; resultado de los egoísmos personales y grupales. Sus consecuencias han llevado al cierre de fronteras, al despertar de nuevos nacionalismos y fanatismos religiosos. Nuestros pueblos sufren los efectos de la concentración del poder económico en pocas manos y del sometimiento de la vida política a las leyes del mercado.
Desde hace 22 años, los COMLAs han buscado iluminar, en perspectiva misionera, las realidades de nuestra Iglesia marcada por los cambios rápidos en los órdenes político, económico, cultural y tecnológico. Nuestras Iglesias se encuentran en el escenario donde se dan las pugnas, donde se libran las batallas entre los poderes antiguos y los grupos nuevos, todos en búsqueda del poder. Aparece hoy el desplazamiento del eje económico del Atlántico al Pacífico y se hace más fuerte la influencia de los países asiáticos y de los medios de comunicación.
Sobre ese trasfondo, este nuevo COMLA celebra la fe e invita a las Iglesias a proyectarse misioneramente con el anuncio del "Reino de Dios (contenido en el Kerigma de Jesús) y la proclamación del acontecimiento de Jesús (que es el Kerigma de los Apóstoles)" (RMi 16b) (cf. Hch 8, 12 y 28, 30; Ef 5, 5; 2 Pe 1, 11). Así como los primeros evangelizadores aprovecharon todos los adelantos de su época: red de caminos, seguridad en los mares, lengua franca, la "paz romana", la filosofía de la época, los lazos comerciales, hoy queremos usar, con crítico entusiasmo, los medios que hacen de nuestra tierra "una aldea global", uniendo soluciones con necesidades, delineando estrategias alcanzables, comprometiendo a las Iglesias de Latinoamérica y el Caribe a concretar en obras, lo que hasta el retorno del Señor será nuestra utopía: el Reino de Dios y su justicia.
Este documento pretende señalar algunas de esas realidades sin generalizarlas ya que nuestras Iglesias las comparten en algunos aspectos, pero también viven situaciones propias y variadas. Aprovechemos este documento que nos ayuda a profundizar en nuestra responsabilidad misionera para que asumamos definitivamente nuestra vocación evangelizadora y desde las propias realidades aportemos lo que millones de hombres necesitan: el anuncio de Jesucristo.
Es importante destacar en este documento base, el resultado de un trabajo serio y decidido de los Presidentes y Secretarios Ejecutivos de las Comisiones Episcopales de Misiones y de los Directores de las Obras Misionales Pontificias, quienes animados por el Comité Ejecutivo de preparación del COMLA VI y el servicio del DEMIS, en espíritu de colegialidad y responsabilidad misionera, han estudiado y reelaborado este texto, comprometiéndose una vez más, para seguir animando el Continente hasta que llegue a su madurez y estatura misionera.
Que la nueva gracia del Espíritu Santo, protagonista de la misión, nos impulse y motive para que todos los cristianos y las Iglesias sean testigos y mensajeros de Jesucristo en actitud de diálogo y con espíritu de servicio a los hombres y mujeres de hoy.
EXPECTATIVAS DE LOGRO DEL COMLA VI
Impulsar a las Iglesias de América para que
anuncien a Jesucristo, el Salvador, a todos los pueblos,
testimoniando, sirviendo y dialogando.
Tema
Jesucristo, vida y esperanza para todos los pueblos
Lema
AMÉRICA, CON CRISTO: ¡ SAL DE TU TIERRA !
AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE, ENTRE CRISIS Y ESPERANZA
1. VISIÓN DE LA REALIDAD HISTÓRICA O SECULAR
"...No sólo nos encontramos con cambios rápidos y profundos, sino que vivimos un cambio de época".(cf. RMi 37).
Como ha dicho uno de los analistas modernos: "Tal vez uno de los mayores retos de la actualidad sea actuar localmente con una mirada y pensamiento universal, vivir aprendiendo a abrir puertas y ventanas con respecto a nuestro tiempo. Nuestro tiempo ya no es una época de cambios, sino un cambio de época".
1.1 Consecuencias de la globalización
Este cambio de época que se está gestando, tiene rasgos que lo caracterizan. Uno de ellos es el que viene a llamarse "globalización".
Bajo la palabra "globalización" se esconden contenidos y ambigüedades que afectan profundamente nuestra manera de interpretar la vida y el mundo. En efecto, la globalización toca todos los ámbitos de la sociedad, desde lo económico hasta lo político, desde lo religioso hasta lo educativo.
"Fuera del mercado no hay solución". Esto parece ser el primer "dogma" de la globalización. El primer efecto de la apertura del mercado es la invasión del mundo imaginario. Aunque ya estaba presente, ahora puede penetrar en las ciudades latinoamericanas, reproduciendo la sociedad espectáculo, la sociedad imaginaria: grandes super-almacenes, música, festivales, juegos.
En este mundo globalizado ya no se habla más de "marginados"; han aparecido en escena una nueva categoría: los excluidos sin rostro, sin voz, sin nombre, sin historia...
Los excluidos forman el nuevo continente de los "náufragos" de la globalización. Aunque no se diga, el continente africano parece contarse entre los excluidos y algunos observadores opinan que el continente latinoamericano se acerca a la calidad de "desaparecido" de este mercado de la "salvación". Dentro de unos pocos años, América Latina podría encontrarse con la mitad de su población por debajo del umbral de la pobreza.
Todo esto es consecuencia del hecho de que no hay un justo equilibrio entre los que lo poseen todo y los que poco o nada tienen. Con motivo del "Día internacional para la erradicación de la pobreza", 1997, la ONU dio a conocer las siguientes estadísticas sobre el tema de la pobreza:
Se entiende, entonces, que la globalización encierra el neo-capitalismo, el neo-liberalismo, la occidentalización. El fenómeno comprende no sólo el manejo de mercados, de precios, de la materia prima, el inmiscuirse en los asuntos internos de las naciones, sino también la concentración en pocas manos de los medios de comunicación y, por ende, la manipulación del pensamiento y hasta de los criterios de la gente.
Los análisis de la realidad de Medellín, Puebla y Santo Domingo, aún se mantienen, y la lista de los rostros señalados por el documento de Puebla, No. 31, parece alargarse más. Es el mundo-mercado, tendiente al pensamiento único, del corporativismo de las transnacionales, de la flexibilización (o sea, frecuentemente, la negación) de los derechos laborales, de la ayuda digitada y condicionada del F.M.I. y del Banco Mundial, de la política de las siete grandes potencias, que ostentan el poder financiero.
1.2 Influencias de la globalización en el continente
1.3 Búsqueda de un nuevo orden social
Esta invasión del nuevo modelo de sociedad no se da sin protesta y resistencia. Resistencia son las tentativas de unas democracias más auténticas, el fomento espontáneo de las culturas locales, las agrupaciones civiles y barriales, las ONGs (Organizaciones No Gubernamentales), las comunidades eclesiales y todo lo que aporta a la utopía del Reino de Dios, que viene a ser el horizonte donde se unen justicia y libertad.
Este encuentro, especialmente en cuanto esté inculturado, ayudará a nuestros pueblos a profundizar sus riquezas culturales y sus valores tradicionales. Les hará comprender que el mensaje de Jesús y de su Reino no es alienante, sino fuente de energía vital hasta el heroísmo, más fuerte que la seducción del momento.
Existe una convicción práctica de que pronto el 50 por ciento de los bautizados católicos vivirán en América Latina. Luego de leer las páginas anteriores no podemos mantener la pretensión de hablar de una sociedad cristiana. Podríamos optar, entonces, por encerrarnos en nosotros mismos, como un gueto, en nuestro pasado, en algo así como una secta; o bien, como nos lo indica el mismo Cristo, y en nuestro tiempo también la Iglesia a través de sus documentos que nos llaman a ser "sal de la tierra", levadura en la masa, es decir, situarnos en medio del mundo y relacionarnos íntimamente con él.
Éste es el desafío al que debe responder la misión: la fidelidad personal y comunitaria a Jesucristo, la vivencia de su estilo de vida y la confirmación de su misión, testigos suyos más que con la palabra, con la vida; y ser solidarios, serviciales y sinceros con nuestros hermanos de hoy.
CUESTIONARIO
1. ¿ En qué sentido la realidades de hoy desafían nuestra acción evangelizadora?
2. ¿Cómo se explica que en los países que se dicen católicos se viva esta realidad?
3. ¿Qué compromisos debemos asumir frente a los desafíos que hoy se nos plantean?
NOTA: Se sugiere realizar una celebración penitencial.
2. VISIÓN DE LA SITUACIÓN RELIGIOSA Y ECLESIAL
Después de haber ofrecido un cuadro general de las circunstancias que nos afectan a los hombres del mundo entero y de América Latina, vamos a presentar algunas cifras que muestran la realidad religiosa de la población mundial. Las estadísticas cambian pero los porcentajes nos pueden hacer pensar:
El 65 por ciento de la humanidad todavía no conoce a Jesucristo, ni su persona, ni su mensaje.
2.1.1 Realidad cristiano - católica del mundo
POBLACIÓN MUNDIAL
CRISTIANOS
|
5.929.839.000 1.965.993.000 3.963.846.000 1.965.993.000 1.055.412.000 910.581.000 |
100 % 35 % 65 % 100 % 51 % 49 % |
La misión ad gentes o primera evangelización, es la finalidad específica para la que el Señor fundó la Iglesia. En el momento actual va dirigida al 65 por ciento de la humanidad que todavía no conoce a Cristo, por eso "...lo que más me mueve a proclamar la urgencia de la evangelización misionera es que ésta constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el cual está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia" (RMi 2).
2.1.2 En nuestro continente americano y caribeño. AMÉRICA
POBLACIÓN 765.547.000
La realidad que nos presentan las estadísticas de nuestro joven continente, nos convierte en esperanza misionera de la Iglesia y del mundo, pero además, como católicos, le debemos al mundo, en justicia, el anuncio de Jesucristo. Es un derecho de los pueblos frente a la Iglesia que recibió el mandato de evangelizarlos (cf. RMi 44).
El desafío se presenta porque precisamente la modernidad y el secularismo no han eliminado en el hombre latinoamericano la búsqueda de Dios; al contrario, día a día crece el hambre de una experiencia de lo trascendente que supera lo racional. En este contexto la Iglesia está realizando: la Atención pastoral, la Nueva Evangelización y la Misión Ad gentes (cf. RMi 33).
2.2 REPERCUSIONES EN LA IGLESIA.
Frente a esta visión global, sin embargo, podemos constatar en la realidad eclesial, los siguientes problemas:
2.2.1 Escasa conciencia misionera de muchas Iglesias locales
Aunque no en todas, se nota en muchas Iglesias locales la ausencia de fervor misionero. Generalmente esto trae consigo una especie de fatiga o desilusión y consecuentemente la acomodación al medio ambiente (cf. EN 80). Precisamente, la falta de una visión universalista eclesial hace perder el entusiasmo misionero. Cuando falta el espíritu misionero, la actividad pastoral pierde su fuerza motora y no impulsa el compromiso de los miembros de la Iglesia local.
Entre los factores que entibian el ardor misionero, se pueden destacar algunos:
2.2.2 La poca participación del laicado en la misión
Se vive aún un marcado clima clerical en numerosas Iglesias locales de nuestro continente, en las cuales se hace poco o nada para la formación de un laicado comprometido, no sólo en la misión ad gentes sino hasta con la propia pastoral local. Tampoco faltan aquellos laicos que, teniendo este espacio y el apoyo de sus pastores, pretenden monopolizar la pastoral, entorpeciendo la entrada a otros laicos en el ámbito eclesial; o bien, trabajando en forma aislada, se quedan al margen de la comunión con sus pastores. Consciente o inconscientemente se lleva a subestimar al pueblo de Dios, que por su bautismo participa en el triple oficio sacerdotal, profético y real de Cristo.
Como consecuencia de ello constatamos: falta la potenciación de las capacidades de los laicos, y de las estructuras que permitan al laico expresar y ejercitar su corresponsabilidad, la creatividad para descubrir e integrar nuevos ministerios y servicios pastorales y evangelizadores.
Es deficiente, en general, la formación de nuestros bautizados, lo que impide conocer y asumir los compromisos de su fe. No se valora suficientemente el potencial evangelizador de los pobres (cf. DP 1147). Especialmente en las grandes aglomeraciones aumenta el número de los que se dicen creyentes y que emplean la institución Iglesia para ciertos momentos de su vida personal y social, pero que de hecho no se identifican con sus exigencias, fe y costumbres (Cf. DSD 96), ya que no los une a esa Iglesia un verdadero compromiso sentido y radical.
La organización pastoral es frecuentemente inadecuada por la sobredimensión de las comunidades en relación con el número del clero, por las grandes distancias a recorrer y por la prioridad tradicional dada a la sacramentalización. De esta manera, los cristianos quedan muy expuestos a la influencia de los medios de comunicación social, que en su mayor parte no reflejan un espíritu cristiano. Entonces el deseo de acogida y natural búsqueda de valores de la gente encuentran su cauce en las sectas o en movimientos espiritualizantes como la "Nueva Era" (New Age).
2.2.3 Deficiencias en la praxis de la inculturación y el diálogo
A partir del Concilio Vaticano II que ha promovido en sus documentos la legitimidad de la existencia de las Iglesias locales con rostro propio, ha surgido con fuerza la idea y los intentos de la inculturación de la fe. El Papa Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris Missio afirma: "El proceso de inserción de la Iglesia en las culturas de los pueblos requiere largo tiempo: no se trata de una mera adaptación externa, ya que la inculturación «significa una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas».... Es pues, un proceso profundo y global que abarca tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia. Pero es también un proceso difícil, porque no debe comprometer en ningún modo las características y la integridad de la fe cristiana" (RMi 52b; DSD 230).
Es necesario que todas las Iglesias estén abiertas al mundo, pues todo proceso de inculturación es una forma de diálogo que es como su punto de convergencia, la fe en Dios que crea y sigue creando, obrando y revelándose para la salvación de todos los hombres, en cada situación concreta: lengua, filosofía, estructura social y económica.
Si hay un drama en la historia de la evangelización (cf. EN 20), es precisamente la falta de ese diálogo. Frente a la globalización como fenómeno que avasalla las culturas y las quiere reducir a reminiscencia de corte folklórico, la Iglesia, hija de este tiempo y heredera de su propia historia, debe reconocer:
En cuanto al diálogo interreligioso constatamos entre otros aspectos que:
2.2.4 Dependencia de nuestras Iglesias.
Causas
Lo que hemos mencionado anteriormente ha sido causa de que, hasta hoy, nuestras Iglesias locales sean más receptoras que generadoras, más misionadas que misioneras, aunque las llamadas de los Papas de los últimos cincuenta años hayan sido constantes y frecuentes.
En perspectiva teológica esta situación descripta merece ser reflexionada desde una eclesiología de comunión. Toda las Iglesias dependen unas de otras, sin que esto signifique la imposición de pautas culturales ajenas a las Iglesias locales, ni de acondicionamiento. En última instancia, la dinámica de la evangelización, como también lo reflejan las cartas de Pablo o el libro de los Hechos de los Apóstoles, siempre ha significado el intercambio de personas, bienes y culturas.
Sin embargo, es bueno resaltar algunos cambios que se han producido, o que debemos promover, en este compartir de las Iglesias.
Apuntes de Pastoral con relación a los agentes pastorales
La escasez de evangelizadores nativos, fomentada primero por la política colonizadora, no se solucionó con la independencia política del continente sino que se agrandó por el retiro de muchos sacerdotes del clero iberolusitano y por la política oficial anticlerical, a lo que se agregaron olas inmigratorias sin el acompañamiento de suficientes pastores.
Felizmente, el número de agentes pastorales ha aumentado y el número de misioneros latinoamericanos "más allá de las fronteras" ha superado ampliamente los tres mil. Sin embargo, en términos generales, continuamos siendo más "importadores que exportadores" de misioneros, ya no sólo de Europa sino de todo el mundo, inclusive de África, Asia y Oceanía.
Este hecho, en sí nada negativo por su muestra de generosidad católica, sin embargo ha fijado una imagen extracontinental de los agentes de pastoral, han influido también en líneas y postulados pastorales no siempre acordes con la idiosincrasia latinoamericana y hasta fue causa de una parálisis conocida en las comunidades locales que los llevó a no buscar soluciones para proveerse de sus propios ministerios y servicios.
Hacia la dimensión de las dependencias culturales
Con relación a la cultura, la dependencia se ha hecho sentir de muchas maneras desde los principios de la evangelización en América Latina. Hemos de notar que la evangelización de América Latina se realizó en el contexto de la época post-tridentina, marcada por la renovación y centralización de la Iglesia. Gracias, especialmente, al Vaticano II, a las Conferencias de Medellín, Puebla y Santo Domingo, se han multiplicado los esfuerzos para dar un rostro propio a nuestras Iglesias locales.
Apoyo económico desde fuera
Debe reconocerse que, gracias a los fondos provenientes de las Iglesias del primer mundo, se han hecho infinidad de obras de importancia, en algunos casos decisiva. Sin embargo, la asistencia financiera a las Iglesias de la región, ha producido al menos dos elementos negativos:
Escasa conciencia en las propias Iglesias locales en cuanto a la necesidad de sostener la tarea misionera, sobre todo teniendo en cuenta la fuerte presencia de esas Iglesias en sectores pudientes de la sociedad.
La necesidad de tener que definir el perfil de sus proyectos, no sólo en función de las propias necesidades, sino en función de lo que las fuentes de ayudas considerarán importante o necesario.
Aunque esta dependencia no pueda resolverse a corto plazo, es preciso que nuestras Iglesias asuman el desafío de buscar otras alternativas para su propio financiamiento.
2.2.5 Desconocimiento y poco aprovechamiento de las Obras Misionales Pontificias
Existe poco conocimiento y aprovechamiento de la historia, finalidad y potencialidad de las Obras Misionales Pontificias y de los Centros Misioneros que existen en varios países del continente. Entre los problemas que se dan en algunos países, están: la poca relación, la falta de apoyo y cooperación en la planificación y en el desarrollo de las actividades entre las Conferencias Episcopales y las Obras Misionales Pontificias; hay países donde todavía no se han creado las Comisiones Episcopales de Misiones y los Consejos Episcopales de Misiones; la falta de nombramiento, en algunas diócesis, de sus respectivos directores diocesanos de O.M.P; la pobre participación de los laicos en la animación misionera a nivel nacional y un mayor énfasis en colectas para fondos de financiación de proyectos de desarrollo diocesano o nacional más que para la misión universal de la Iglesia.
2.2.6 Otras situaciones que nos deben preocupar
Además de las situaciones enunciadas anteriormente (cf. Visión de la Realidad), constatamos por otra parte, la pérdida del sentido de la fe en millones de hermanos que han dejado la comunidad cristiana. Las corrientes paganas, la falta de iniciación cristiana en muchos que no han tenido la oportunidad de un verdadero encuentro personal con Jesucristo resucitado y presente en su vida, también la falta de vitalidad de las comunidades cristianas, fortalecen los abandonos que nos hacen sufrir. También nos preocupa el crecimiento de niños y jóvenes que no se bautizan. Esto se transforma en un desafío de misión ad intra en vista al futuro.
El dios razón, que ilusionó a muchos con los grandes progresos de las ciencias y de los prodigiosos aportes de la técnica que proclamaba asegurar la felicidad de la humanidad, ha dejado a mucha gente (sobre todo jóvenes) desamparada y marcada por una duda generalizada, especialmente de la palabra y de los valores; por una pérdida del sentido de la vida; por la tentación de huir en el refugio de la libertad individual; por la proliferación de nuevos modelos de vida social, de estructuras familiares, de la visión sobre el papel de la mujer en la sociedad y el mundo.
Se ha creado un gran vacío religioso y existe, al mismo tiempo, una nueva búsqueda del Dios verdadero. ¿Quién llenará el vacío y qué Dios le ofreceremos a los cristianos de la post-modernidad?
Otro de los problemas que nos desafían es el de las sectas. El hecho de la proliferación de nuevas agrupaciones religiosas, junto a otras de más largo recorrido o historia, ha sido y sigue siendo una constante preocupación desde hace muchos años y ha sido expresada por el Episcopado Latinoamericano y mencionada por el Papa Juan Pablo II: "Veo que los diferentes países de América Latina el problema número uno es, cada vez más, el problema de las sectas. Algunos Obispos han manifestado una opinión muy pesimista de cara al futuro, yo no puedo permanecer indiferente ante estas opiniones pesimistas [...] Esto debe constituir un motivo de más preocupación pastoral, que nos lleva a plantear y realizar una acción evangelizadora..." (Discurso a los Obispos del Perú en su visita ad limina, junio de 1997).
La inquietud ha sido recogida también en Puebla y Santo Domingo. Muchos de estos movimientos se caracterizan por desarrollar "un proselitismo agresivo, con su fundamentalismo bíblico, su pseudoespiritualismo, el recurso al temor como medio de conversión y su frecuente utilización política, haciendo imposible cualquier diálogo ecuménico. Además de empujar a dejar la Iglesia, dividen las familias y los pueblos, destruyen los valores culturales autóctonos, dañan psicológicamente a las personas, crean una actitud del conformismo alienante y conducen, a corto plazo, al más craso indiferentismo religioso" (Mensaje de los Obispos de América Central y Panamá, noviembre de 1986).
La Nueva Era. Un nuevo fenómeno ha aparecido con la inestabilidad emotiva que acompaña cada "cambio de época" como el que estamos viviendo. Es la "Nueva Era", una especie de religión con un fuerte mesianismo, con un mensaje de salvación que utiliza elementos de la física (nuclear y cuántica), ecología, astronomía galáctica, filosofías y religiones orientales, psicología de profundidad pero que hace fácilmente saltos hacía la astrología y el esoterismo y que ha confeccionado un sistema que apela al ansia de seguridad que hay en todo ser humano. Juan Pablo II lo caracterizó: "la configuración de una moda cultural de vastos alcances que, a veces, encuentra eco en amplio sectores de la sociedad y llega a tener influencia en ambientes católicos. Por eso, algunos de ellos, en una perspectiva sincretista amalgaman elementos bíblicos y cristianos con otros, extraídos de la filosofía y religiones orientales, de la magia y de técnicas psicológicas" (A los Obispos argentinos, febrero de 1995).
Lamentamos el retiro de millones de hermanos que han dejado la comunidad católica para buscar en otras propuestas religiosas o en otros campos su vida religiosa y no queremos dejar de reconocer que más de una vez no estamos exentos de culpa, por las razones que hemos mencionado antes. En todos estos factores debemos ver el llamado de Dios, primero a la propia conversión personal y comunitaria y luego al compromiso evangelizador que nos lleve a ser testigos fieles de Cristo, único salvador del mundo y anunciarlo con hechos y palabras.
CUESTIONARIO
1. ¿En qué sentido la elección religiosa y eclesial desafía nuestra acción evangelizadora?
2. ¿Cuáles serán las causas de que muchos católicos se pasen a las sectas?
3. ¿Por qué son pocos los laicos que se comprometen en la acción apostólica?
4. ¿A qué se debe que nuestras Iglesias locales no se abran a la misión universal?
5. ¿Cómo se están efectuando los servicios que ofrecen las O.M.P y hasta qué punto las Iglesias particulares los aprovechan?
3. SIGNOS DE ESPERANZA
Los desafíos que nos planteamos nos llevan a centrarnos en lo que es verdaderamente el anuncio siempre nuevo de Jesucristo encarnado, muerto y resucitado, Señor de la historia y salvador universal, "Jesucristo vida y esperanza para todos los pueblos".
Son muchos los frutos que ha dado la primera evangelización y el post-concilio en América Latina. Podemos decir también que en nuestro continente se vislumbra una primavera misionera (cf. RMi 1). En el futuro, las Iglesias de América Latina deberán ser misioneras pues ese carácter forma parte de su naturaleza (TMA 57). La estratégica ubicación geográfica del continente facilita las relaciones con otros continentes del sur ecuatorial (del Atlántico al Pacífico) y son una gracia que ofrece enormes posibilidades para la difusión del Evangelio.
3.1 Iglesias con características propias
Nuestras Iglesias han adquirido un rostro propio y lo expresan de manera original con "su sentido de salvación y liberación, la riqueza de su religiosidad popular, la experiencia de las comunidades de base, la floración de sus ministerios, su esperanza y la alegría de su fe" (DP 368).
Las Iglesias en América Latina y el Caribe gozan comprobadamente de confiabilidad en los respectivos contextos y se hacen así instrumento de conciliación en los múltiples conflictos, especialmente sociales, sirviendo como prenda de reconciliación y de paz.
Nuestras niños y jóvenes, integran nuestra Iglesia, en una pluralidad étnica que les imprimen dinamismo y que las convierten en una esperanza para el mundo, a causa de su potencial evangelizador.
La simpatía para la acogida y el intercambio misionero, el modo de vivir el Evangelio y la experiencia de evangelización inculturada y de atención a los pobres ha favorecido el diálogo, la acogida y el intercambio misionero con África y Asia.
En nuestras comunidades ha aumentado la sensibilidad misionera entre los laicos y los pastores quienes se esfuerzan en la búsqueda de respuestas a las situaciones y realidades de sus propios lugares. Numerosos misioneros y misioneras, religiosos y religiosas multiplican variadas experiencias de amor a los pobres y de inserción en los medios marginados en las zonas urbanas y rurales, entre los indígenas y los afroamericanos. Estas experiencias pastorales han repercutido positivamente dentro y fuera de nuestro continente.
En cuanto al envío de misioneros ad gentes también hay signos esperanzadores:
3.3 Búsqueda de renovación pastoral
Las Iglesias de América Latina han dado un testimonio evangélico al mundo entero con su esfuerzo para responder a los desafíos de la realidad con sentido de presente y futuro (cf. Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano de Medellín, Puebla, y Santo Domingo) y con sus frutos que se perciben en muchos aspectos, como por ejemplo: el impulso de la pastoral bíblica, el desarrollo de reflexión teológica, la creatividad pastoral manifestada en métodos y planes evangelizadores que dan prioridad al Kerygma, el despertar misionero más allá de las fronteras, la lucha por la justicia, etc.
3.4 Evangelización inculturada
En muchas Iglesias se ha desarrollado una sensibilidad misionera caracterizada por el esfuerzo de encarnación (inserción) en las situaciones socioculturales. Se destacan los procesos de inculturación del evangelio entre los indígenas y afroamericanos y la búsqueda de nuevos lenguajes con expresiones propias y autóctonas, la teología y liturgia "india y afroamericana"
Con variados énfasis, el despertar vocacional es esperanzador en América Latina, tanto en el compromiso de los laicos, como en el florecimiento de las vocaciones sacerdotales y religiosas. Se pueden destacar el despertar de los movimientos apostólicos con un nuevo fervor misionero y como medio que ha concretado el compromiso de muchos de ellos en la nueva evangelización y en la actividad misionera dentro y fuera de las propias Iglesias.
Se percibe un interés creciente por los temas de espiritualidad misionera. Son válidas también para América Latina y el Caribe las siguientes afirmaciones hechas con referencia a la Iglesia en general: "Los misioneros, las comunidades cristianas van redescubriendo el valor del silencio y de la contemplación, aparecen centros de oración y escuelas de meditación. En las casas de formación y en los cursos de renovación, junto a las materias de teología y cultura, se deja siempre un cierto espacio para temas de espiritualidad y particularmente uno, muy significativo, para la oración, tanto si se trata de celebraciones litúrgicas como de oración personal" ("Misión para el tercer milenio", Roma 1992 - P. 31 Ed. OMP Colombia).
3.7 El testimonio de los mártires
Una señal muy significativa de América Latina y el Caribe es el testimonio martirial de muchos cristianos. Las persecuciones de los creyentes Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos- han sembrado en América Latina la semilla de nuevos cristianos. Muchos mártires son desconocidos, pero las Iglesias hacen esfuerzos para recuperar la lista y las memorias de aquellos que derramaron su sangre en la confesión de la fe y en la entrega de caridad a los más necesitados.
Las O.M.P. nos llevan a abrirnos al universalismo misionero y a la responsabilidad apostólica, nos impulsan a dar testimonio de la fe en Jesucristo y a trasmitir esa misma fe en servicios de animación, formación, organización y proyección misionera. Se debe destacar la integración muy positiva en algunos países entre las Comisiones Episcopales de Misiones y las O.M.P.
El florecimiento de la Infancia Misionera en todo los países del Continente, debido a las escuelas de Animadores Misioneros (ESAM), realizadas a nivel nacional e internacional; de igual manera ocurre con la formación de la juventudes misioneras. Se está incrementando cada vez más el rol misionero de las familias y la conciencia del dolor y el sufrimiento ofrecido a las misiones por los enfermos y ancianos. Es significativo el impulso de la espiritualidad misionera de los sacerdotes, religiosos y laicos; se hacen esfuerzo para el envío de sacerdotes y laicos a la misión ad gentes; se han creado algunos centros de formación misionera a nivel nacional, regional y diocesano.
No se puede negar la influencia positiva de los COMLAs, que han contribuido al despertar misionero de las Iglesias con resultados que se pueden medir en el compromiso misionero de los pastores, con el envío de misioneros, en el impulso misionero de congregaciones e instituciones eclesiales, en los Cursos de formación misionera y en el apoyo al trabajo de las Obras Misionales Pontificias.
3.10 Medios de Comunicación al servicio de la misión
Los Medios de Comunicación Social han adquirido una capacidad de difusión cósmica por las poderosas tecnologías capaces de llegar hasta el último rincón de la tierra y nos brindan la posibilidad de llevar el Evangelio a todos los hombres y comunicar la riqueza de la "Buena Noticia de Jesús", esto lo está realizando la Iglesia a través de la labor formativa e informativa de revistas y otras publicaciones misioneras (editoriales de libros, folletos, etc.), audiovisuales y presencia en los MCS masivos (radio, prensa, T.V., Internet, etc.).
Hemos ofrecido una visión de la realidad que caracteriza nuestra vida como cristianos en un "cambio de época".... Como signo de ese cambio y de las expectativas y esperanzas que representa el futuro próximo, el mundo occidental ha elegido el año 2000. El Papa Juan Pablo II propuso como lema y consigna para recibir el nuevo milenio: "Jesucristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre" (cf. Heb 13, 8).
¿Cómo conjugar todo lo que converge en ese símbolo de "2000" con la unicidad, personalidad, historicidad y permanencia vital de Jesucristo? ¿Cómo anunciar la verdad manifestada plenamente en Jesucristo, en el contexto de un cambio tan acelerado y profundo, a veces tan impredecible y sorprendente, que con razón despierta sentimientos de optimismo y esperanza pero también temores e incertidumbre? ¿Cómo anunciar y hacer presente la salvación en un mundo que evidencia tan honda transformación cultural, caracterizada a la vez por la globalización y el pluralismo, la acentuada conciencia de los valores y el desconcierto ético, el avance prodigioso en el conocimiento riguroso de la naturaleza y la incertidumbre ante lo que es la verdad? ¿Cómo conjugar la proclamación del Reino de Dios en una era de transplantes de órganos, manipulación genética, eugenesia y eutanasia encubierta o legal? ¿Cómo dar respuestas desde el profeta de Nazareth a lo que la ciencia ya es capaz de hacer y se pregunta si es permitido hacer? ¿Cómo renovar o despertar en los oprimidos y excluidos del mundo de hoy la esperanza de Jesucristo liberador? ¿Cómo ofrecer una imagen de la persona y mensaje de Cristo que sea a la vez, veraz y atractiva para el hombre de hoy, hambriento de espiritualidad? ¿Cómo habrá de ser la evangelización que debe hacerse en el marco de la inculturación y el diálogo, sintiendo eso de "Cristo, Señor de la historia" y de Cristo y la necesidad de fe en Él para la salvación? (TMA 40).
En todo lo que sigue, ofreceremos algunas pistas, que pueden guiar nuestra reflexión y nuestras opciones.
"Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, el cual nació de mujer y fue sometido a la Ley, con el fin de rescatar a los que estaban sometidos a la Ley, para que llegáramos a ser hijos adoptivos de Dios" (Gal 4, 4-5).
"Cierto día apareció en este mundo el amor benigno de Dios, trayendo la salvación a todos los hombres, educándonos para que aprendamos a rechazar la maldad y los deseos mundanos, y vivamos así en este mundo como seres responsables, justos y que sirvan a Dios" (Tit 2, 11-12).
"A mí, el menor de todos los creyentes, se me confió esta gracia de anunciar a los pueblos paganos la incalculable riqueza de Cristo" (Ef 3, 8-9).
La encarnación del Hijo de Dios, expresión plena y misteriosa del infinito e irrevocable amor del Padre, se presenta a los ojos del creyente como una realidad que sorprende y consuela: el Dios Santo y trascendente asume plenamente la existencia y la historia humanas para redimirlas, y desde ese momento sabemos con certeza que está unido al hombre para construir la historia como historia de salvación.
Los Evangelios dan testimonio de esto en cada página: nació en Belén, ciudad de David, pero en un pesebre (Lc 2, 6-7); inocente, la maldad del poder tiránico lo persigue (Mt 2, 13); el llamado "Hijo del Altísimo" se cría en la Galilea de los paganos y en Nazareth, de donde nada bueno podía provenir (Jn l, 45-47); el que debía estar en lo de su Padre, vivió obedeciendo a sus padres. Así creció y se hizo hombre hecho y derecho, tanto para Dios como para los hombres (Lc 2, 49-52).
La humanidad del Hijo de Dios fue tan plena y real y su cercanía alcanzó en la encarnación un grado tal de proximidad, que toda la gente de buena voluntad se le podía acercar: los niños (Mc 10, 13-16); las mujeres (Lc 8, 1-3); los pecadores (Mc 2, 13-17); los paganos (Lc 7, 1-10); los doctores de la ley (Jn 3, 1-20); y hasta sus adversarios (Lc 7, 39,44). Su apariencia era tan natural, y su historia personal parecía tan común, que hasta desconcertaba a los que esperaban que la intervención definitiva de Dios sería mediante signos extraordinarios y deslumbrantes (Jn 7, 27; Mc 6, 1-6). En la opacidad de la existencia humana de Jesús se reveló la majestad y el amor misericordioso del Padre.
Toda la existencia humana de Jesús fue un proceso admirable de compenetración de Dios con la historia de los hombres, llevando a plenitud el mensaje de los profetas: que Dios decidió gratuitamente hacer un pacto de amor con sus hijos. Ese amor es el que conduce a la vida humana a su total realización. En la persona y la obra de Jesús se unen los deseos humanos de salvación, felicidad, libertad, con el cumplimiento de la promesa de una nueva era constituida por la inauguración del Reino de Dios.
La radicalidad del compromiso de Dios con los hombres manifestada en la encarnación significa que Dios escucha el clamor de su pueblo y hace suyos sus anhelos de salvación y libertad (Ex 3,7ss), instaurando su Reino.El anuncio de la llegada del Reino de Dios, constituye precisamente el centro del mensaje de Jesús. Al hacerlo, no se identifica con ninguna estructura existente o emergente, sino que por el contrario proclama la novedad absoluta de la acción de Dios: cuando habla de Reino, en realidad habla más de un Reino que trasciende límites y fronteras, más de comunidad que de sociedad, más de universalidad que de nacionalismo, más de servicio que de autoridad.
Frente a las expectativas de una salvación fundada en el culto judío, el cumplimiento de la ley o la construcción de un Estado Nacional, Jesús anuncia la irrupción de una nueva era, obra no de los hombres sino de la acción gratuita de Dios, que responde a los anhelos de los pobres -el "resto fiel"- que con apertura de corazón y confianza absoluta en el Señor se acercan a su enviado porque con los ojos de la fe lo descubren como Salvador.
Jesús no define el Reino de Dios, sino que lo describe mediante parábolas; este género parte de las realidades cotidianas de su auditorio, pero las hace símbolos, que siempre asombran, despiertan, y en un corazón bien dispuesto (Mt 13, 23), generan una creatividad sorprendente:
Es como una semilla que necesita un terreno abonado para poder dar fruto: la imagen de la semilla evoca el dinamismo interno en espera de poder ponerse en actividad si encuentra un corazón bien dispuesto que lo acoja; el mensaje es una oferta gratuita que ha de ser aceptada libremente por el oyente (Mt 13, 3-23).
El Reino de Dios es como el grano de mostaza o la levadura que en su pequeñez esconde un dinamismo fecundante y un poder vital incontenible; pequeño y de apariencia opaca, desarrolla su poder transformante impregnándolo y fecundándolo todo (Mt 13, 33-34).
El anuncio de la novedad absoluta del Reino que ahora se hace presente en plenitud, está en continuidad con las intervenciones de Dios en el pasado: por eso permite conjugar lo válido de la tradición con los valores nuevos (Mt 13, 52).
El Reino es don gratuito, y no una paga merecida por el esfuerzo humano (Mt 20, 1-16); por eso quien, animado por la acción de la gracia, culmina satisfactoriamente su misión, debe decir con el espíritu de obediencia y humildad: "somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer" (Lc 17,10).
No obstante su gratuidad, al Reino hay que entrar y al hacerlo el creyente asume un compromiso, como ciudadano del nuevo orden: es don, pero supone servicio fiel y permanente (Mt 24, 42-51) y requiere un compromiso activo (Mt 25, 14-31): el amor, la justicia, el perdón, la solidaridad y la actitud de desprendimiento brotan de la nueva condición y se constituyen en compromiso ineludible.
Por ello, al Reino se pertenece, no por lo que se dice o profesa con los labios, sino por la obediencia efectiva a la voluntad del Padre (Mt 20, 28-32).
El Reino es como una buena semilla que se siembra, brota y crece junto con la maleza: es una propuesta a la libertad del hombre, y por eso entra en el caudal de la historia de las opciones, las confrontaciones y los conflictos; no anula el libre albedrío, sino que crece en medio de la existencia ambigua del hombre y de la historia (Mt 13, 24-30; 21, 33-40).
El Reino no es sólo para un grupo predestinado sino que es universal; la única condición es la conversión: si bien es como una semilla pequeñita que puede pasar inadvertida, desarrolla su dinamismo interior a tal punto que en sus ramas pueden anidar tanto las aves de Israel como las de territorios paganos (Mt 13, 31-33); es como un banquete de puertas abiertas, al que pueden entrar los excluidos y desclasados, los habitantes de toda la raza humana, con la condición de que estén dispuestos a vestirse con el traje nuevo de la fiesta (Mt 22, 1-14).
Encontrar el Reino produce una alegría tan arrolladora, que ante él todo lo demás palidece y puede posponerse; quien se queda con este tesoro se queda con lo que de verdad cuenta y lo demás se convierte en "añadidura" (Mt 13, 44-50; 6,33).
La pertenencia al Reino se expresa en un servicio a todos los que sufren, a tal punto que la solidaridad con los pobres es el criterio para juzgar si alguien lo acogió sinceramente (Mt 25, 33-46).
La ley constitutiva para ese Reino, es lo que llamamos el Sermón de la montaña (Mt 5-7; Lc 6, 17-49). Se impone, no como una ley que viene de fuera, sino como un compromiso que nace del amor a Dios y de la nueva vida que ha recibido el creyente.
No sólo con su palabra anuncia Jesús el Reino de Dios, sino con sus obras y sus acciones: se hace presente en la persona, vida y obras de Jesús. Todo él es un signo sensible y eficaz de la cercanía de Dios, es decir, de su Reino : el amor de Dios, su fidelidad y su misericordia, se manifiestan a través de la humanidad del Hijo de Dios. Las palabras, acciones, relaciones y gestos humanos de Jesús revelan la palabra y acción divinas;
en el amor humano de Jesús, un amor vivido "hasta el extremo" (Jn 13,1), se manifiesta el amor del Padre por los hombres; en los signos que realiza, se manifiesta la irrupción del Reino de Dios: "Si yo expulso a los demonios con el soplo del Espíritu de Dios, comprendan que el Reino de Dios ha llegado a ustedes" (Mt 12, 28) ó "Cuando dos o tres de ustedes se reúnan en mi nombre, yo estaré en medio de ellos" (Mt 18, 20; cf. Puebla 191).
La razón por la cual se manifiesta el Reino en toda la existencia humana de Jesús es una: él es "Dios con nosotros"; no sólo da la Buena Nueva, sino que él es la Buena Nueva: hay una unidad plena entre el Mensaje y el Mensajero; allí está precisamente la fuerza de su acción evangelizadora (cf. Jn 8, 44-47; RMi 13).
Así lo dicen los Obispos en Puebla: "Jesús es el signo eficaz de la nueva presencia de Dios en la historia (sacramento), es el portador del poder transformante de Dios. Su presencia desenmascara al maligno; en Él el amor de Dios redime al mundo, y alborea ya un hombre nuevo en un mundo nuevo" (DP 191).
El Reino de Dios que se inaugura en Jesús es la manifestación plena de la novedad de la salvación: en Jesús se revela plenamente el misterio de Dios, un Dios amor-servicio que se solidariza con los hombres asumiendo la existencia humana totalmente, incluso en su realidad más desgarradora y amarga que es la muerte.
Pero en Jesús se revela también plenamente el misterio del hombre, es decir, el sentido auténtico de la vida humana: Jesús es el hombre para los hombres; su vida humana es amor y servicio, con lo cual quiere Dios revelarnos que el sentido de la vida humana alcanza su plenitud en el amor-servicio. El Dios amor-servicio y el hombre amor-servicio se manifiestan plenamente en la cruz: amor de Dios a los hombres hasta el extremo; amor del hombre Jesús al Padre y a los otros, hasta la muerte. La muerte (entrega de la vida, Jn 10,17s) es momento culminante de una vida toda ella vivida como entrega (servicio) al Padre y a los hombres, punto culminante de su ministerio de servicio: "El Hijo del hombre no ha venido para que lo sirvieran, sino para servir y dar su vida como rescate de una multitud" (Mt 20, 28).
Pero una muerte así, es el momento culminante de una vida de entrega y por tanto no significa fin sino plenitud, como había dicho Jesús: "El que se humilla será exaltado" (Mt 23, 12), al que se había humillado y se había hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz, Dios lo engrandeció, y le concedió un nombre que está sobre todo nombre, para que, ante el nombre de Jesús, todos se arrodillen, en los cielos, en la tierra y los abismos, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre" (Fil 2, 8-l1). "Dios, pues colocó todo bajo los pies de Cristo para que estando más arriba de todo, fuera cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo. El que llena todo en todos, despliega en ella su plenitud" (Ef 1, 22-23).
Con la resurrección, el Padre ha refrendado la validez de una vida humana vivida al estilo de Jesús. Hermosamente lo dicen los Obispos en Puebla (195 ss): "El Padre resucita a su Hijo de entre los muertos. Lo exalta gloriosamente a su derecha. Lo colma de la fuerza vivificante de su Espíritu. Lo establece como Cabeza de su Cuerpo que es la Iglesia. Lo constituye Señor del mundo y de la historia. Su resurrección es signo y primicia de la transformación final del universo. Por Él y en Él ha querido el Padre recrear todo lo que ya había creado". De esa forma, podemos decir que la vida y la historia humanas alcanzan su más alta dignidad y su realización plena en la muerte y resurrección de Jesucristo. Por eso el es "Señor" de la historia, "hombre perfecto", "primogénito de la creación", cabeza de la humanidad reconciliada (Col 1,15-20 ; Ef 1,4-5).
Embargados por una alegría arrolladora, habiendo experimentado en su propia existencia la "Palabra de la vida" (I Jn 1,1), los primeros creyentes, iluminados por la luz del Espíritu "han anunciado la Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo" (Hch 8, 12).
Esto ya lo podemos leer en uno de los primeros discursos de Pedro, cuando dice: "Jesús... se convirtió en piedra fundamental, y para los hombres en toda la tierra no hay otro nombre por el que podamos ser salvados". La proclamación del Reino estuvo asociada, pues, desde el principio, con la persona de Jesús, porque él es la plenitud de la autocomunicación salvífica de Dios, la realización plena de la existencia y de la historia humanas .
Cuando Lucas recuerda la primera actividad misionera de Pablo, dice que "muy pronto se puso a predicar en las Sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios" (Hch 9, 20). Más tarde, en Roma, a pesar del duro arresto domiciliario, Pablo "proclama el Reino de Dios con mucha seguridad y enseñaba lo referente a Jesús" (Hech 28, 31). Así, desde los comienzos los cristianos sabían que el Reino de Dios no puede ser separado de la persona de Cristo. Precisamente esta unidad inseparable Reino-Cristo hace que ese Reino no pierda nunca su trascendencia y su eterna novedad, y al mismo tiempo que toda la creación, restaurada y recreada en el Reino, (cf. Col 1, 18-20; Ef 1, 10) llegue a su perfección en Cristo.
De esta manera la evangelización se centra en la Persona, vida y misión de Jesús, reconocido como "Mesías" y "Señor", que cumple las promesas y ejerce su acción, salvando a los que creen. Esta experiencia se expresa con términos como: "Cristo es la medida de todo lo humano y su plenitud" (Ef 4, 13; cf. Col.1, 15-17). Por esta razón, siendo Cristo el único a quien aceptan como Salvador, todo debe encontrar en E1 su plenitud. "Él tiene que reinar hasta que haya puesto bajo sus pies a todos sus enemigos... y cuando todo le esté sometido, el Hijo mismo se someterá a Aquél que le sometió todas las cosas, y en adelante será Dios todo en todos" (1 Cor 15, 25-28). O como el misionero de Patmos lo pone en la misma boca de Cristo, al decir: "Yo soy el primero y el último, el principio y el fin" (Ap 22, 12-13).
Jesús es Buena Nueva para todos los hombres y mujeres, porque en él ha resplandecido la existencia humana auténtica y en él se ha manifestado el verdadero sentido de la historia. Es como si en él se hubiera dicho: "Tenemos una buena noticia: ¡sí es posible vivir en plenitud!". Pablo VI resumió todo esto en frases lúcidas: "El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia la cual tienden los deseos de la historia y de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones" (Pablo VI, aloc. 3-2 '63).
Esto vale para todos los hombres de buena voluntad, porque en todos ellos obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos y la vocación del hombre es una sola, la divina. "Bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre" (GS 10). "En consecuencia debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que -en la forma por sólo Dios conocida- se asocien a este misterio pascual" (GS 22; cf. LG 16; RMi 10, 16, 28).
En su realidad:
La irrupción del Reino de Dios en la historia de los hombres, a través de la persona, vida y palabra de Jesús, es obra no sólo del Padre y el Hijo, sino del Espíritu Santo: las tres personas divinas actúan en la obra de la salvación. Guiados por el Nuevo Testamento conocemos la acción del Espíritu Santo en el Hijo:
- Por el Espíritu Santo se obra la encarnación del Verbo Divino en el seno de la Santísima. La Virgen María; es una causa operante, y esto caracteriza toda la existencia y la misión de Jesús (cf. Lc 1, 35).
- En su Bautismo desciende el Espíritu "como una paloma" (Lc 3,21-22) sobre Jesús y lo unge, constituyéndolo Mesías: como la paloma mensajera regresa a su nido, el Espíritu de Dios desciende sobre Jesús como a su propia casa; Jesús posee la plenitud del Espíritu porque es Dios, el Mesías, el Hijo amado y elegido de Dios para nosotros.
- E1 Espíritu empuja a Jesús al desierto, lugar del encuentro con Dios y lugar de lucha contra el mal, de oración y de tentación, de las opciones espirituales y materiales. Con la palabra de Dios, inspiración del Espíritu, Jesús vence (cf. Lc 4, 1-13).
- Jesús reconoce que su obra evangelizadora, la de sanar, la de anunciar, recibe su impulso y validez por el Espíritu Santo (cf. Lc. 4, 18-21).
- Todo lo que revela Jesús acerca de su Padre lo hace inspirado por el Espíritu Santo (cf. Jn 3, 34).
- Hasta en su oración al Padre, Jesús lo hace por medio del Espíritu (Lc 10, 21-22).
- Movido por el Espíritu Santo, Jesús se ofreció como víctima sin mancha, para purificar nuestras conciencias (cf. Hb 9, 14).
- Y tal como vino al mundo por la voluntad del Padre y por obra y gracia del Espíritu Santo, así también resucitó por medio de ese mismo Espíritu (cf. Rom 8, 11; Pe. 3, 18).
El Nuevo Testamento nos presenta, pues, en Cristo no sólo la imagen de Dios Padre sino también del Amor, el Espíritu Santo, fuerza vivificadora de todo lo que ha dicho y hecho el Señor. El mismo Espíritu que ha sido el principio de vida y misión de Jesús, ha sido prometido a quienes en la historia prolongan la obra de la salvación: Él es el ánimo y Vida de la Iglesia.
Si el Evangelista Lucas nos muestra la acción del Espíritu Santo en la vida de Jesús, el Evangelista Juan ha conservado las promesas que Jesús nos ha hecho acerca del Espíritu Santo.
- Tal como el Bautismo de Jesús fue sellado por el Espíritu Santo, así la manifestación de la Iglesia en Pentecostés se selló por el Espíritu Santo (Hech 2, 4). La venida del Espíritu del Resucitado sobre la comunidad de los discípulos, estuvo acompañada de signos elocuentes que indicaban el comienzo de una nueva era: se superan las divisiones entre las naciones y los pueblos (Hech 2,7ss), todos los discípulos profetizan (Hech 2,17), se vive la comunidad y la solidaridad entre los creyentes (Hech 2,44ss), los hombres son invitados a la conversión y son transformados (Hch 2,37ss), se restaura la dignidad y la salud en el hombre para que pueda caminar con libertad (Hch 3,1ss).
El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia (EN 75) y, siendo el Espíritu de Jesús, es la fuente de su fuerza. Así la inspiración de su Palabra y la gracia de su Sacramento, que ahora son celebrados y proclamados, no por el Jesús terreno sino por el Cristo Glorificado que actúa en la comunidad, que es su cuerpo, conforman la Iglesia. La experiencia vívida de esta asistencia, los hace anunciadores del Reino y de Jesús (cf. Hch 4, 10-12; 5, 30-33).Tal como lo había anunciado Jesús, el Espíritu Santo lleva a los cristianos a predicar la Buena Noticia más allá de las fronteras raciales, religiosas y nacionales, de modo que, con toda razón la Iglesia lo llama "protagonista", "agente principal de la evangelización" (cf. EN 75, RMi 21). Es Él quien da el llamado, indica el camino, supera las dificultades y aumenta el número de los cristianos (Hch 8, 26-39; 9, 10-19; 10; 11, 15-18; 9, 31).
La historia de la Iglesia de los orígenes es la de una expansión particularmente asombrosa iniciada por el Espíritu (Hch 11, 19-26; 13, 1-3); él la fortalece y alienta en el momento de las dificultades (Hch 13, 50-52); guía las decisiones de la Iglesia en los momentos cruciales (cf. Hech 15, 22-30), indica las estrategias a seguir (Hch 16, 6 ss), la anima en el momento de la persecución para que dé testimonio de su Señor (Hech 7,55).
Así el Espíritu de Jesús, alma de la Iglesia, impulsa a los cristianos a realizar la esencia de la Vida y Misión que Cristo había recibido de su Padre: ser en todo el mundo y para todos los hombres imagen y realización de su misericordiosa bondad paternal, que alcanza su culmen en la muerte y resurrección de Jesús (cf. Tit 3, 4-6). La Iglesia toda y cada uno de sus miembros, tendrán que tomar parte en esta su misión; a los discípulos les dice Jesús: "ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo; él vendrá sobre ustedes para que sean mis testigos... hasta los límites de la tierra" (Hech 1,8-9), testigos del mismo Jesús, que es "la manifestación de la bondad de Dios, Salvador nuestro, y de su amor por los hombres" (Tit 3, 3-6).
El Espíritu Santo actúa en la obra misionera, ya impulsando y animando al evangelizador, ya abriendo la mente y el corazón de los destinatarios para aceptar y comprender la Palabra de Dios.
Cuando en cumplimiento del mandato misionero la Iglesia va a evangelizar a los que no conocen a Cristo, sabe que se encontrará con que el Espíritu ya se ha hecho presente en ellos de manera misteriosa pero real: la Iglesia reconoce que antes del anuncio explícito del Evangelio, ya el Espíritu Santo ha estado en el corazón de los hombres de todas las culturas, abriendo su corazón para adorar la divinidad y el poder de Dios (Rom 1,19s; Hech 17,23), manifiestos en la creación y en la inteligencia humana.
Esta presencia del Espíritu en los pueblos y sus culturas, fue detectada ya desde los comienzos cuando los Santos Padres hablaban de las "semillas de la Palabra", que así ofrece a todo hombre de buena voluntad, la posibilidad de que -de manera sólo conocida por Dios- se asocien al Ministerio Pascual de Cristo (cf. LG 14). Ese mismo Espíritu, presente de modo particular en la historia de Israel, no ha estado ausente tampoco en la historia, la sociedad, los pueblos, las culturas y las religiones. Todo esto tiene un papel de preparación evangélica, para que puedan llegar a su madurez en Cristo (cf. GS 17, AG 3, 15, DV 84). Así la Iglesia, agradecida por esta presencia creadora y renovadora, se reconoce humilde y respetuosa, servidora para poder llevar esta revelación hacia su plenitud (cf. RMi 28-29)
Sabe también la Iglesia que cuando, animada por el deseo de amar y servir, se aproxima a los bautizados que por alguna razón se han alejado y "están en la Iglesia de cuerpo mas no de corazón" (G.S....) o a los bautizados que no han sido evangelizados, se encuentra con la presencia misteriosa del Espíritu: en el fondo del corazón, a semejanza de "una caña cascada o un pabilo vacilante" (Is 42,3), arde aún la llama del Espíritu. ¡Aún en la frialdad de los corazones de tantos bautizados, en su búsqueda desconcertada de lo divino y en la dificultad para reconocerse como hijos de la Iglesia, arde la llama del Espíritu de Dios en espera de que la palabra fecunde el corazón para actuar con mayor fruto!
Sabe, en fin, la Iglesia que en la tarea cotidiana de acompañar a sus hijos mediante la catequesis, en la celebración de los sacramentos y la acción pastoral, trabaja de continuo con el Espíritu del Señor, verdadero protagonista de la obra y vida de la comunidad creyente.
viene desempeñando la Iglesia en el continente latinoamericano?
un "hombre (varón-mujer) viejo"?
1.3 Jesucristo, nos envía a la Misión
"Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo". (Mt 28, 18-20).
Hoy nos corresponde asumir plenamente la inaplazable tarea de anunciar la salvación de Jesucristo y la instauración de su Reino en todos los pueblos. Atentos a la voz del Maestro, queremos profundizar cada una de sus palabras en la despedida final. Estas se han convertido para la Iglesia en el Testamento de Jesús, con carácter de "mandato misionero", válido para los discípulos de todos los tiempos.
"Me ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra"
El Cristo glorioso ejerce, tanto en la tierra como en el cielo, el poder sin límites que ha recibido de su Padre (cf. Mt 6, 10; 7, 29; 9, 6; Ap 12, 10).
En su resurrección el Padre, reconfirmó y selló la verdad de la Persona de Jesús y su Misión Salvífica; el amor infinito del Padre se comunica mediante el poder divino que en Jesús traspasa y supera las barreras y murallas del pecado, en todos los ámbitos de la creación.
En la resurrección ha resplandecido la "gloria de la divinidad" (cf. Jn 17,1ss) y el señorío de Cristo como creador y salvador, en quien y para quien todo fue llamado a la existencia (Col 1,16); él es el Rey (Jn 18,37), esto es, quien tiene autoridad en el Reino que se ha instaurado.
Exigidos por su mandato y confiando con el Poder del Señor, los discípulos inician el proceso evangelizador, anunciando las maravillas de la salvación realizada por Cristo, y propiciando la respuesta de fe en el Señor de la gloria (cf. Hech 2, 32).
Desde los Apóstoles hasta el día de hoy, la Iglesia no ha dejado de anunciar a Cristo Salvador, revestido de poder y de gloria (cf. Act 3, 1-10), única esperanza cierta para los hombres de todos los tiempos.
Los discípulos de hoy, como los de ayer y los de siempre, nos apoyamos en el poder de Cristo, para lanzarnos a la Misión. Proclamamos con el Santo Padre que "el poder de la cruz de Cristo y de su Resurrección, es más grande que todo el mal del que el hombre podría y debería tener miedo" (Cruzando el umbral de la esperanza, pg. 224). Jesús mismo nos dijo: "No teman: Yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33).
"Vayan pues, y hagan discípulos a todas las gentes"
La misión es universal, pues la salvación debe ser ofrecida a todos los pueblos de la tierra.
"Vayan pues"
La orden de "ir" nos da a entender que Jesús ejerce su poder como el Señor, con toda la carga teológica del "Kyrios".... La tarea de ir es una necesidad imperiosa (cf. 1 Cor 9, 16) no es algo optativo (cf. 2 Cor 4, 7;). El Resucitado urge a los discípulos para que comuniquen y entreguen la obra salvífica a todos los hombres. Los discípulos cumplirán su encargo apoyados en la pedagogía divina, consistente en que si Dios pide una misión, da la gracia necesaria para cumplirla (cf. Is 6).
"Hagan discípulos"
La efectiva realización de esta tarea hace palpable el cumplimiento del mandato misionero (cf. Col 1, 25-26). "Hacer discípulos" significa convertir a los oyentes, por el anuncio de la palabra, en seguidores de Jesús: no son seguidores de maestros humanos, sino del único Maestro (Mt 23,8). El seguimiento, a su vez, implica "entrar" en la radical novedad del Reino y comprometerse con él en la Iglesia. La tarea de "hacer discípulos" tiene tres condiciones fundamentales:
1. Que el discípulo viva la experiencia personal del Señor a partir de su propio encuentro con Cristo, que lo ha impulsado a la conversión (cf. Jn 4,5 ss).
2. Que el discípulo, como portador de Cristo, salga de sí y vaya al encuentro de sus hermanos, los hombres, para propiciar en ellos el encuentro con el Señor (cf. Jn 1, 35 ss) y formar con ellos la comunidad de los creyentes.
3. Que a partir de este encuentro personal con el Señor, se impulse desde la comunidad de creyentes, el proceso permanente del seguimiento de Jesús (discipulado, cf. Act 2, 42-47). Sólo cuando Cristo empiece a estar en el corazón y en los labios de los hombres, se podrá hablar de verdadera evangelización.
"A todas las gentes"
La Salvación es para todos los hombres de todos los tiempos y culturas. El Señor no excluye a ninguna persona (cf. 1 Tm 2, 4)
Esta es la más pura expresión de la misión "ad gentes", que va dirigida a los que no conocen a Cristo. La Iglesia no puede perder el horizonte universal propuesto por Cristo. Hay que ir a "todas las gentes". Así nuestra caridad Misionera quiere ser eco de los anhelos de Jesús cuando afirma: "tengo otras ovejas que no son de este redil, también a esas la tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño y un solo pastor" (Jn 10, 16). "A todas las gentes" incluye también a los bautizados que han perdido o debilitado su identidad cristiana, para revivir en ellos, por la nueva evangelización, la fe vacilante.
"Bautizándolas en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo"
"Evangelizar es ante todo, dar testimonio, de una manera sencilla y directa, de Dios revelado por Jesucristo mediante el Espíritu Santo" (EN 26). Con el bautismo asumimos el misterio de Dios y nos comprometemos a comunicarlo a las demás personas.
"Bautizándolas"
"Bautizar significa "sumergir", "introducir" dentro de agua" (CC 1214), es decir, que el creyente entra o se sumerge en el misterio de Cristo, muerto y resucitado, para salir o emerger como hombre nuevo (cf. 2 Cor 5, 17; Gál 6, 15)
"En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"
Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y de los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y hace con ellos. "En el nombre" significa que por la fe y el Bautismo, el creyente empieza a ser propiedad de Dios y a vivir en obediencia fiel a su voluntad.
"Enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado"
Jesús, el Señor, con cuya presencia se inaugura el Reino de Dios (cf. Mc 1,14), nos revela la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo.
"Enseñándoles"
Cristo, como Maestro de la verdad, nos revela que Dios es Padre y nos ama infinitamente (cf. Jn 14, 7-8; Col 1, 26). Cuando envía a sus discípulos a "enseñar", lo hace partiendo de la intimidad con su Padre, quien al ungirlo con el Espíritu, le da señorío y autoridad para enseñar la verdad y ser escuchado (cf. Mt 3, 17; Lc 9, 35; Jn 5, 36; 7, 16). Cristo quiere que sus discípulos enseñen la vida de Dios, como testigos directos del encuentro íntimo con él que anuncien el Evangelio para llevar a los hombres al encuentro con Dios, en Cristo, en el seno de la Iglesia animada por la acción vivificante del Espíritu Santo.
"A guardar todo"
Pide el Señor a los discípulos que sean fieles a la totalidad del mensaje recibido (cf. 2 Tm. 1, 14). La totalidad del misterio del amor de Dios, revelada en Cristo, Señor y Salvador, debe llegar integralmente a cada ser humano.
El misionero sabe que el mensaje no es suyo. Es de Cristo. El Espíritu Santo garantiza la fidelidad a la totalidad verdadera del mensaje. "Guardar" lo que Cristo ha mandado no se reduce a la conservación intelectual de la verdad, sino a la vivencia de la misma en la propia vida; tampoco se reduce a un cumplimiento frío de la ley escrita en tablas de piedra: la "nueva ley" proclamada en el Sermón de la Montaña ha de ser encarnada, permitiendo que la Palabra configure la existencia del creyente. Lo que se ha de "guardar" es, en definitiva, el contenido de la revelación que no es otro que Cristo vivo.
Precisamente porque lo que conservamos y transmitimos es a Cristo vivo, la fidelidad y permanencia del mensaje implican que éste sea perpetuado, en el transcurso de los tiempos y en el contexto de diversas culturas, mediante su expresión en el lenguaje y las categorías socio-culturales de los hombres y los pueblos. El mensaje a lo largo de los siglos, y mediante la asistencia del Espíritu Santo, se ha encarnado en las culturas, y ha sido expresado por la Iglesia de múltiples maneras para poder llevarlo a los hombres, sin desvirtuar la verdad. De esa forma, encarnándose, el mensaje de la salvación se incultura, e inculturándose evangeliza la cultura.
El acontecer histórico de la evangelización exige al discípulo fidelidad a Cristo, al hombre y a la Iglesia.
"Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo"
Con estas palabras, Jesús nos enseña que en la obra de conversión universal, por larga y difícil que pueda ser, el Resucitado estará vivo y operante con sus discípulos.
"Yo estoy con ustedes todos los días"
La obra de la evangelización es de Dios (cf. Act 4, 33; 20, 32). A la luz de esta verdad, se afirma en Santo Domingo que Jesucristo es el evangelizador viviente en su Iglesia (cf. II parte)
Jesús al enviar a los discípulos a predicar la salvación, lo hace a la manera del Padre (cf. Jn 20, 21). Esto quiere decir, que así como el Padre acompañó toda la obra del Hijo, así Cristo acompaña a los que él envía en el transcurso de la historia. Nada ni nadie podrá separarlos de su amor (Rom 8, 35-39). La historia humana, se hace historia salvífica, por la presencia permanente de Cristo, garantizada por su Palabra divina y actualizada por la acción vivificante del Espíritu Santo.
Al tomar conciencia de la misión nos sentimos enviados por Jesús y queremos asumir la gran tarea que él ha encomendado a la Iglesia (cf. Mc 3, 13).
"Hasta el fin del mundo"
La gran empresa evangelizadora termina con la segunda venida del Señor. Ninguna circunstancia, por adversa que sea, podrá detener el dinamismo apostólico puesto en marcha en el día de Pentecostés (cf. Act 2,1 ss). Participar en la obra de la evangelización es también participar en la extensión del Reino de Cristo, que al igual que la semilla crece en el mundo hasta alcanzar su plenitud. Quienes se comprometen con el anuncio de la Palabra y la prolongación de la obra de la salvación, por la gracia del Resucitado están cooperando efectivamente con la extensión del Reino que, como la levadura, va fecundando personas, instituciones, estructuras y culturas. "Hasta el fin" significa, pues, la garantía que da Cristo de que su obra se consumará y que la historia del mundo se resolverá en conformidad con la promesa y el designio del Padre.
Al continuar la tarea de la Misión somos conscientes de la presencia de Cristo, como el indefectible garante del amor del Padre en favor de la humanidad. Al poner las manos sobre el arado, en los campos del mundo, proclamamos la asistencia incondicional del Espíritu de Cristo Resucitado y en su nombre queremos como Iglesia latinoamericana, lanzarnos con fe, decisión y generosidad a la realización de la obra esencial de la Iglesia: Evangelizar
2. UNA IGLESIA, QUE VIVE, SIRVE Y ANUNCIA A JESUCRISTO
ENVIADO DEL PADRECristo, presencia visible del Padre (Jn 14, 9) después de su glorificación prolonga su acción salvadora a través de su cuerpo que es la comunidad creyente, la Iglesia. Por eso la Iglesia es ante todo misterio, es decir, revelación de salvación y presencia visible de la gracia.
La Iglesia se experimenta a sí misma como una creación divina, un misterio que ahonda sus raíces en el misterio mismo de Dios, "Amor Fontal". El Dios amor-servicio que se reveló plenamente en Jesús, continúa actuando y se manifiesta en la comunidad amor-servicio.
El día de Pentecostés, el Espíritu Santo asume la obra realizada por Jesús en la historia y se convierte en la garantía de que esta "asamblea de creyentes" permanecerá unida a Cristo, único salvador universal, y será en medio del mundo signo de comunión fraterna (Hch 2,42).
Como obra de Dios ("su pueblo"), es ahora instrumento histórico para la salvación de los hombres. Y en cuanto "reunión" de los que aceptan esta intervención salvadora de Dios es el "signo" anticipado de la asamblea definitiva de los hombres con Dios, bajo una sola Cabeza, Cristo Jesús.
En una palabra, lo más esencial de la Iglesia en su etapa peregrina y misionera (AG 2a), es ser acontecimiento histórico salvífico. Todo en ella debe ser mirado desde este ángulo. Puede decir, como Jesús: "Yo para esto he venido, para que tengan vida" (Jn 10, 10). "Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti Padre y a tu enviado Jesucristo" (Jn 17, 23). Todo lo que la conforma, sus estructuras, organizaciones, servicios y estrategias tiene sentido en la medida en que esté inspirado por su naturaleza misteriosa, y en la medida en que esté a disposición de la evangelización.
2.2 La Iglesia misterio de Comunión
Por voluntad divina existe en la historia una realidad que congrega a cuantos creen en Cristo: ellos, por inspiración del Espíritu Santo, forman una comunidad de fe, esperanza y caridad que hace visible en el mundo el amor-servicio de la Trinidad divina.Con razón decía Sto. Tomás: "Somos hijos de toda la Trinidad" (III, 23, 3 ad 2). ¿Qué tipo de asamblea podía revelar mejor el misterio de Dios que el ser y aparecer ante el mundo como "un solo corazón, una sola alma"? La víspera de manifestarse el culmen del amor en el acontecimiento de la cruz y de brotar del costado de Cristo el misterio de la Iglesia, Jesús suplicaba: "Que sean uno" y da el motivo: "Como tú, Padre, y yo somos uno", y la finalidad: "Para que el mundo crea" (Jn 17, 21).
La comunión trinitaria constituye para la Iglesia un modelo, una vocación y una gracia. En efecto, los discípulos de Cristo, como ciudadanos del orden nuevo fundado en el amor-servicio, están llamados a vivir la comunión (koinonía) "a la manera de la Trinidad", y a ejercer el servicio (diakonía) a la causa de la salvación, no por sus propias fuerzas, sino por acción de la gracia. Es la comunión trinitaria la que los llama, es ella el modelo de la comunión eclesial y es a la vez la fuerza que los mueve.
Comunión y servicio son, precisamente, las características que resalta Pablo cuando aplica la figura del "cuerpo" a la Iglesia (Rom 12,5). Con esta imagen se subraya la mutua dependencia y corresponsabilidad de los cristianos. Y como este cuerpo ha recibido "el don del Espíritu", la comunidad eclesial se halla radicalmente subordinada al Espíritu de Dios. A Él le corresponde enriquecer este cuerpo de Cristo con la diversidad de dones y ministerios que lo capacitan para su esencial tarea: ser instrumento de Cristo para la salvación de los hombres.
En el origen y en la verificación de este misterio de comunión-servicio, están la Palabra y el Sacramento. La Palabra "convoca", guía y nutre la comunidad creyente; el Sacramento, en particular la Eucaristía, es su fuente, su alma y su culmen; en ella encuentra su espacio propio para actualizar el misterio de la salvación del mundo; en ella, el Cuerpo de Cristo (la Iglesia) se alimenta del Cuerpo de Cristo (sacramento Pascual).La comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo realiza la unión de los fieles con él y entre sí, y, al mismo tiempo, envía a la comunidad celebrante a actuar a favor de los hombres redimidos por Cristo. Así nos lo recuerda el Vaticano II: una celebración eucarística no es "sincera ni plena si ella no conduce tanto a obras de caridad como a la actividad misionera y a las varias formas de testimonio" (PO 6). Por eso es culminación y es fuente de la actividad eclesial.
La "Palabra de Salvación" y el "Alimento de la Vida" encienden en el fiel por el impulso del Espíritu presente en la celebración, aquel "ardor misionero que movía al mismo Cristo" (AG 4 cf. RMi 21-28).
Donde falta sentido misionero, no se acepta la Palabra de Dios, no se realiza una eucaristía vital, no se constituye plenamente la COMUNIÓN.
2.3 La Iglesia: comunión para la MISIÓN.
Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar (EN 14). La Iglesia busca intensamente poner en contacto a todos los hombres con la revelación, porque siente profundamente el carácter determinante de la verdad que Dios le ha comunicado (cf. RH 12); busca ardorosamente los caminos
para acercar el misterio de su Maestro y Señor al género humano: a los pueblos a las naciones, a las generaciones que se van sucediendo, a todo hombre particular (cf. RH 7d). Y lo hace porque la evangelización es su vocación y su gloria, es la manifestación de su identidad. Quienes han sido incorporados a la Iglesia deben sentirse "privilegiados, y por ello, mayormente comprometidos en testimoniar la fe y la vida cristiana" (LG 14; RMi. 11f).
La misión de la Iglesia es la misma misión de Cristo, la cual estuvo centrada en el anuncio del Reino presente en su persona. Como nos explica el Papa Juan Pablo II en su carta Redemptoris Missio, la Iglesia y el Reino anunciado e inaugurado por Cristo están íntimamente unidos, ya que la Iglesia no es un fin para sí misma, sino que está ordenada al Reino (cf. n. 18).
¿Cómo sirve al Reino de Dios?
La Iglesia, misionera universal del Reino, cumple su misión de diversas maneras:
- Mediante el anuncio que llama a la conversión.
- Congregando a los que responden a la Palabra e instituyendo Iglesias particulares con toda la actividad que ello comporta.
- Difundiendo los "valores evangélicos" y sus exigencias.
- Generando diálogo, promoción humana, compromiso por la justicia, asumiendo los imperativos de la paz, la educación, el cuidado a los enfermos, la asistencia a los pobres y pequeños...
- Intercediendo constantemente ante Dios por la humanidad entera, pues el Reino es por su naturaleza don y obra de Dios.
Todas estas formas de servir al Reino podrían sintetizarse en una: testimoniar el Reino. Este hecho adquiere especial importancia hoy, cuando se valora la prioridad de los testigos sobre los maestros. Por eso la primera forma de evangelización es el testimonio (cf. RMi 42).
La Iglesia es testigo del Reino en la medida en que lo anuncia y en la medida en que se deja transformar por él haciéndolo visible en sus estructuras, su acción y sus relaciones. De esa forma se presenta ante el mundo como signo que evidencia que los ideales de justicia y convivencia son posibles y a la vez denuncia toda injusticia y toda ruptura de la fraternidad.
La Palabra que lleva consigo la Iglesia cae sobre circunstancias concretas: sociales, políticas, culturales, familiares... que con frecuencia oprimen al hombre; las ilumina y las cuestiona desde el designio de Dios.
El Evangelio no es ajeno a las expectativas de liberación que anidan en los corazones humanos, al contrario, es anuncio liberador al proponer como modelos de convivencia, los valores del Reino: justicia, amor, verdad y paz. "Gloria de Dios es que el hombre viva"....
Siendo la Iglesia misionera por naturaleza, es evidente que todos pueden y deben cooperar. Esta convicción ha sido últimamente tan afirmada por el magisterio eclesial que ya para nadie debe resultar novedoso.
El compromiso misionero del pueblo de Dios favorece la renovación de la pastoral, ayuda a la renovación espiritual de las comunidades cristianas, fortalece la propia fe. La santidad y la misión, son vocación universal de todos los fieles.
Ya que la Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera y está enviada por su Fundador a todas las gentes como sacramento universal de salvación, "toda persona tiene el derecho a escuchar la Buena Nueva de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación" RMi 46).
No se trata, evidentemente, de un derecho que la persona humana pueda reivindicar ante Dios, puesto que su revelación es pura gratuidad y ninguna criatura tiene cartas de crédito ante el divino Hacedor. Sin embargo, es un derecho legítimo que se puede reclamar ante la Iglesia, ya que Ella tiene el deber y la tarea de la evangelización mundial.
Juan Pablo II insiste varias veces en su encíclica misionera sobre este derecho de los pueblos a conocer a su único Salvador. "Esta es la Buena Nueva que cambia al hombre y la historia de la humanidad, y que todos los pueblos tienen el derecho a conocer" (RMi 44; 11 y 40).
En términos similares se expresa también Pablo VI sobre el derecho que tienen las multitudes a conocer la riqueza del misterio de Cristo (cf. EN 53 y 57; 1 Tim 2,4). La misión, vista desde la óptica del derecho de los pueblos, es otra interesante fundamentación de su legitimidad y urgencia.
2.4 Evangelización o actividad misionera
2.4.1. La Iglesia particular sujeto de la misión
La Iglesia en misión, en todas partes del mundo encuentra su verdadera existencia y su realización, en la Iglesia particular. En ella "adherida a su pastor y reunida por el Espíritu Santo por medio del Evangelio y de la Eucaristía" (CD 11) se manifiestan los elementos principales que constituyen la Iglesia y la hacen por su naturaleza, misionera. "En cada Iglesia local está contenido el misterio de la Iglesia universal" (RMi 48).
La Iglesia Particular es corresponsable de la evangelización del mundo en comunión con el Papa y todos los otros Obispos. El Obispo hace presente en cada comunidad a Cristo Salvador y a su misión universal y, como tal, compromete a la Iglesia local en los intereses y en los destinos de la misión ad gentes, suscitando, promoviendo, y dirigiendo la actividad misional (AG 38).
La paternidad del Obispo encuentra su espacio propio en la celebración de la Eucaristía, que actualiza el misterio de la salvación del mundo. La comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, realiza la unión de los fieles con él y entre sí y es, al mismo tiempo, un estímulo a pensar y actuar en favor de todos los hombres redimidos por Cristo y todavía lejos de él. Una celebración eucarística no es "sincera ni plena si ella no conduce tanto a obras de caridad como a la actividad misionera y a las varias formas de testimonio" (PO 6).
Así la Iglesia particular se halla por su misma naturaleza esencialmente comprometida en la misión. Con el término misión se entiende la acción pastoral, la nueva evangelización, pero sobre todo la misión universal ad gentes hacia la cual apuntan todos los elementos constitutivos de la Iglesia particular (cf. RMi 33 y 34).
Donde falta el sentido misionero no se acepta la Palabra de Dios, no se realiza una Eucaristía vital, y la unión con el Obispo no llega a su plenitud.
"Cuánto más viva sea la Iglesia particular, tanto más hará visible la Iglesia universal y más fuerte será su movimiento misionero hacia otros pueblos" (DP 363). Este es el ejemplo que nos dan las primeras comunidades que consideraban la misión a los gentiles como un "fruto normal" de la vida cristiana (RMi 27; 2; 21; 61).
La Iglesia es una familia de Iglesias locales en la que cada una debería estar abierta a las necesidades de la otra y a la coparticipación de los bienes materiales y espirituales. Todas las Iglesias, las antiguas y las nuevas, están llamadas a recibir; todas son al mismo tiempo, sujeto y objeto de la misión. Desde esta comunión nace una responsabilidad común y la fuerza para ir a la misión ad gentes, muchas veces definida, y muy pocas veces realizada, como "primaria, esencial y nunca concluida", "tarea primordial de la Iglesia" (RMi 31; 34).
CUESTIONARIO
1. ¿Qué lugar ocupan la animación y la actividad misionera en los planes de la pastoral ordinaria?
2. ¿Cómo preparar, en la dimensión misionera, a los seminaristas, religiosos, religiosas y agentes pastorales?
3. ¿La catequesis está orientada a presentar el plan de salvación universal que se halla presente en todos sus temas fundamentales?
4. ¿Sabemos encontrar en la Biblia y en las encíclicas misioneras un estimulo para profundizar el espíritu y la acción misionera?
5. ¿Qué hacer para despertar vocaciones misioneras que anuncien a Jesús a quienes todavía no lo conocen y que son los dos tercios de la humanidad?
2.4.2. Presentación del "Kerigma"
El Kerigma o anuncio explícito de Cristo es el centro mismo de la misión. Es la Buena Nueva de Cristo que se ha revelado en la historia y es presentada por la Iglesia en cada situación humana y a cada hombre.
La Iglesia al presentar a Cristo realiza la misma acción de su Señor: servir al Reino, y lo hace porque el Reino, como noticia salvadora de Dios responde a los compromisos y expectativas del hombre: entrar en el Reino es acceder a la posibilidad de alcanzar la existencia auténtica, la plena estatura de su ser como "imagen y semejanza" divina, revelada en Cristo, "hombre perfecto".
Por la actividad evangelizadora o misionera la Iglesia pone en contacto al hombre con el mensaje revelado, la palabra eficaz del Padre. Al anunciar el kerigma, la Iglesia permite que acontezca la salvación en la existencia del hombre.
La misión que Jesús ha comunicado a su Iglesia se realiza primeramente por medio del anuncio, acompañado siempre por el testimonio (Lc. 4, 15-19.43; Mt. 28, 19). El anuncio del evangelio es una llamada a la fe y, por tanto, a la conversión y al bautismo
(Mc 1, 15; cf. Lc 4, 43; 11, 20). "El anuncio tiene la prioridad permanente en la misión; la Iglesia no puede substraerse al mandato explícito de Cristo; no puede privar a los hombres de la 'Buena Nueva' de que son amados y salvados por Dios" (RMi 44; cf. AG. 13).
La Iglesia, por la proclamación y el testimonio, es anuncio vivo del Evangelio. "El hombre contemporáneo cree más en los testigos que en los maestros... el testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de misión" (RMi 42). "Jesús hizo y enseñó" (Hech 1, 1). El primer anuncio que hicieron los apóstoles indica la doble faceta de una misma realidad: "A este Jesús le resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos" (Hech 2, 32). En este sentido, "la Iglesia está llamada a dar su testimonio de Cristo, asumiendo posiciones valientes y proféticas... " (RMi 43).
"Sólo en la fe se comprende y se fundamenta la misión" (RMi 4). Es la fe en Jesucristo Salvador del mundo, lo que la hace nacer y la sustenta continuamente. Sin ella no es posible al cristiano ser testigo de esperanza, de comunión y de solidaridad.
La fe se fortalece en contacto con Cristo presente en la Eucaristía, en la Palabra, en la oración y en el compromiso con el prójimo, bajo la acción del Espíritu Santo. El contacto con Cristo debe hacerse cada vez más íntimo hasta transformarse en una experiencia y en una convivencia. El compromiso misionero brota espontáneamente de esa convivencia. "Ay de mí sino evangelizara" (1 Cor 9, 16) "Creemos y por eso hablamos" (2 Cor 4, 13) decía San Pablo identificándose con su comunidad. "Lo que hemos oído, visto y contemplado... os lo anunciamos" (Jn 1, 1-14).
El objeto del anuncio es la vida y la palabra de Cristo. Sabemos que tenemos este tesoro "en vasos de barro" (2 Cor 4, 7). Conscientes de ser instrumentos siempre imperfectos debemos ser humildes pero al mismo tiempo valientes. Testimoniar a Jesús "con toda libertad" (Ver nota de RMi 24 ). Jesús fue y es "signo de contradicción", "escándalo y locura" (1 Cor 4, 7) para muchos. Él vivió con los pobres, perdonó a pecadores, pero desafió a los hipócritas, a los soberbios y a los violentos.
¿En qué medida la Iglesia es hoy en el mundo y en el continente americano, signo de contradicción, "escándalo y locura"?
El Evangelio no es sólo una invitación a la esperanza sino también a la comunión y a la solidaridad. Quien más eficazmente subrayó este aspecto fue San Juan. En su primera carta, en la que define a Dios como Amor (4, 8), escribe: "Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado" (l Jn 3, 23).
Jesús presentó la comunión entre sus discípulos como un signo que conduciría los hombres a la fe: "Que sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado" (Jn 17, 21). La vivencia efectiva de la comunión, que encuentra en la Trinidad su modelo y su fuente, es un compromiso apremiante de la Iglesia. Las divisiones, la intolerancia, la violencia y las rupturas dolorosas que experimenta el mundo de hoy, hacen aún más urgente esta exigencia del Señor a sus discípulos. Ante sus ojos está la responsabilidad ineludible de mostrar con hechos que la convivencia y la fraternidad, características del Reino de Jesús, son posibles.
Hemos de reconocer con humildad que los cristianos y los mismos misioneros a lo largo de la historia han traicionado muchas veces esta palabra de su Maestro, y que esta infidelidad ha dificultado que muchos hombres se abran a la fe.
Juan Pablo II nos señala entre los pecados que exigen un mayor compromiso de penitencia y de conversión "aquellos que han dañado la unidad querida por Dios para su pueblo" (TMA 26). También hoy existen dificultades y obstáculos para la vivencia de esta comunión entre las comunidades cristianas: falta de diálogo y colaboración pastoral, crisis de obediencia, tensiones, actitudes de grupos en contradicción con las enseñanzas de la Iglesia. Cualquier debilitamiento de la unión, repercute negativamente sobre la acción misionera. Un cuerpo sin coordinación entre todos los miembros, es un cuerpo enfermo.
"Que todos sean uno como Tú, Padre, estás en mí, y Yo en tí" (Jn 17, 21). Este es el modelo en el cual cada cristiano debe inspirarse. San Pablo recuerda los múltiples vínculos que unen a los cristianos entre si: "un solo Cuerpo y un solo Espíritu... un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo..." (Ef 4, 1-6).A partir de estas premisas, la comunión deberá fluir espontánea y natural. "Miren como se aman" decían los paganos de algunas de las primeras comunidades cristianas. Esto se debería decir hoy de cada comunidad cristiana. "El amor sigue siendo la fuerza de la misión" (RMi 60).
CUESTIONARIO
l. ¿Cuáles son los factores que en su área producen divisiones en las relaciones con los obispos, los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los movimientos eclesiales?
2. ¿Cómo se dialoga para alcanzar una verdadera unión en la actividad pastoral y misionera?
3. ¿Qué se hace para superar las divisiones con los hermanos separados de otras confesiones religiosas y llegar a la unidad del único Pueblo de Dios?
2.4.3.3 Testigos de la esperanza
Hoy la humanidad vive acosada por muchos problemas de carácter cultural, social, económico y religioso. Los profetas de un nuevo mundo no han mantenido sus promesas. La brecha entre ricos y pobres se ensancha cada vez más; los avances de la técnica y del consumismo destruyen la naturaleza; las guerras y el terrorismo, las divisiones étnicas siembran víctimas en todas partes; la desocupación aumenta en todo el mundo; faltan los ideales sociales o filosóficos que antes daban aliento ofreciendo promesas de un porvenir mejor; la proliferación de nuevos movimientos religiosos desorienta. En este mundo tan angustiando aumenta la desconfianza, las frustraciones, los desengaños, la inseguridad y el pesimismo. Se necesitan testigos de esperanza.
Es lo que pedía san Pedro en sus cartas a los primeros cristianos "que estaban sufriendo a causa de la justicia" (1 Pe 3, 14). Los exhortaba a mantener una "esperanza viva" y mirar hacia "una tierra nueva en la que habita la justicia (1 Pe. 3, 13).
Debían estar "dispuestos a responder a quien pedía razón de su esperanza", presentando las promesas hechas por Dios y garantizadas por la resurrección de Cristo (1 Pe. 3, 21).
La característica de cada vida misionera auténtica, es la alegría interior que viene de la fe (RMi 9). El cristiano encuentra en Cristo el fundamento seguro de su esperanza. "¡Ánimo! Yo he vencido al mundo" (Jn.16, 33). Debe difundir alegría, optimismo, seguridad y probar así que el mensaje cristiano es una Buena Noticia.
En el desarrollo de la actividad misionera se pueden encontrar obstáculos, indiferencia y hostilidades
A veces no se ve ningún fruto y parece que todo es inútil. Hay quien siembra entre lágrimas (Sal 125, 5.6). Jesús recuerda que no siempre el que siembra cosecha (Jn 4, 37) y en medio de esta situación, Juan Pablo II nos invita a mirar los aspectos positivos del mundo actual, y anuncia la llegada de una "nueva primavera del Evangelio" (RMi 86). "La esperanza cristiana nos sostiene en nuestro compromiso a fondo para la misión universal" y genera aquella "fortaleza y energía que son necesarias para proclamar el Evangelio" (RMi 87).
CUESTIONARIO
1. ¿Cuáles son en nuestra área los hechos de carácter social y religioso que influyen en la determinación de una actitud de pesimismo y estancamiento?
2. ¿Cuáles son los factores más importantes para mantener siempre despierta y activa la esperanza cristiana?
3. ¿Nuestras comunidades son contagiosas, difundiendo optimismo, serenidad y entusiasmo?
2.4.3.4 Testigos de solidaridad
La comunión rectamente entendida y vivida genera la solidaridad: una profunda sensibilidad hacia todas las injusticias, y una generosa colaboración para que, todos puedan alcanzar la plena realización a nivel económico, social, cultural y espiritual.
También la solidaridad responde a una exigencia de la fe. "¿De qué sirve -pregunta el apóstol Santiago- que alguien diga: «tengo fe» si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen de sustento diario, y alguno de ustedes le dice: «Váyanse en paz, abríguense y coman», pero no les da lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve?" (Sant 2, 14-16). Una fe viva lleva al cristiano a salir de sí, a superar sus egoísmos y a servir a Cristo en sus hermanos.
Así como en Cristo se ha manifestado la radical solidaridad de Dios con los hombres, así en la comunidad cristiana se debe manifestar la solidaridad de los creyentes con los más pequeños: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).
Jesús revela una especial predilección hacia los más débiles. En sus palabras y en sus obras son privilegiados los pobres, los enfermos, los marginados de la sociedad. En este sector muchas son las necesidades actuales. Los documentos sociales de la Iglesia las re-
recuerdan continuamente: pobreza, injusticias, migraciones, desocupación, desigualdad de distribución de la riqueza, chicos de la calle... son problemas que afectan a todas las naciones del mundo.
La globalización si es verdad que se impone, que lo abarca todo, que lleva consecuencias duras (manipulación, excluidos... ), también debería mencionarse algunos aspectos positivos, que influyen en la misión:
La misión de la Iglesia no es actuar directamente en el plano económico; no tiene soluciones técnicas. Se preocupa más bien por la formación de las convicciones y la conversión del corazón, por el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, por la práctica de la solidaridad para luchar en contra de las injustas condiciones sociales en las que viven muchos seres humanos.
"La actividad misionera lleva a los pobres luz y aliento para un verdadero desarrollo" (RMi 59).
El Papa recuerda la consigna de algunos grupos: "Contra el hambre, cambia la vida" e invita a volver a un estilo de mayor austeridad que favorezca un nuevo modelo de desarrollo.
CUESTIONARIO
l. ¿Qué actividades promueve tu Iglesia local para la ayuda a los más necesitados y cómo responde la comunidad cristiana a estas iniciativas?
2. ¿Existen programas para la formación de una conciencia solidaria?
3. ¿Cómo se difunde el conocimiento de la doctrina social de la Iglesia dentro y fuera del ámbito eclesial?
4. ¿Existen iniciativas especiales frente al problema de los desocupados, de los inmigrantes, chicos de la calle?
Siguiendo el ejemplo de Jesús, el Hijo de Dios que se hizo hombre y judío según la carne, semejante en todo a los hombres excepto en el pecado (Rom 16, 25; Ef 3, 5), a través del proceso de inculturación, la Iglesia se empeña en llegar al núcleo, a "la zona de los valores profundos" (DP 388) de cada cultura para encarnar en ellas el Evangelio, asumiendo al mismo tiempo, "lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro" (RMi 52).
Las nuevas Iglesias no pueden ser un transplante de las comunidades que las están fundando. Cada una debe poder expresarse en las culturas locales asumiendo la historia, las experiencias vitales del pueblo en el que viven. Sólo la inculturación permite el nacimiento de una Iglesia local. Se llega a esto a través de un proceso gradual y profundo que garantiza la integridad del mensaje cristiano, la comunión con otras Iglesias y la salvaguarda de los valores positivos de cada cultura. La evangelización de la cultura exige la inculturación del Evangelio.
Todo esto exige un estudio crítico de la realidad histórica de cada pueblo y "un profundo equilibrio" para poder discernir lo que debe ser "purificado, elevado y perfeccionado" (RMi 54) y para poder evitar dos grandes peligros: el integrismo y el sincretismo.
El lugar específico desde y en el cual se debe realizar la inculturación es cada una de las Iglesias particulares. Todas, también las más antiguas, tienen necesidad de encarnar el Evangelio en los nuevos movimientos culturales y sociales del tiempo actual.
CUESTIONARIO
1. ¿Nuestras comunidades, están integradas en los ambientes en que viven, en particular entre los indígenas, los afroamericanos, los inmigrados de países latinoamericanos o de Asia (coreanos, japoneses, chinos)?
2. ¿Qué se hace para promover el recto uso de los medios de comunicación y hacerlos instrumento de la nueva evangelización y de la formación misionera de los pueblos cristianos?
3. ¿Cómo neutralizar el sincretismo, tan común hoy en día, a causa de los nuevos movimientos religiosos de origen oriental?
4. ¿En qué medida es valorada la religiosidad popular en la elaboración de los planes pastorales?
2.4.4. Ámbitos de la actividad evangelizadora
La actividad misionera de la Iglesia se especifica partiendo de las nuevas situaciones misioneras de fe, distinguiendo la triple tarea de la misión: la atención pastoral, la nueva evangelización y la misión ad gentes (cf. RMi 33-34).
"La misión ad gentes en virtud del mandato universal de Cristo no conoce confines" (RMi 37). Sin embargo, disipando dudas y ambigüedades sobre dónde realizar la misión ad gentes reconocemos que en el mundo de hoy, ésta ha de confrontarse con las realidades cambiantes.
El concepto de misión ad gentes ha experimentado una notable precisión gracias a la identificación de los ámbitos en que ésta se lleva a cabo: ámbitos territoriales, fenómenos sociales nuevos, áreas culturales o areópagos (cf. RMi 37).
La misión ad gentes se define no sólo partiendo de criterios geográficos, sino también de las variables sociológicas y culturales. Este concepto es analizado en el complejo cuadro religioso actual que permanece en pleno movimiento. E1 aspecto étnico geográfico ayuda a una precisión y la
mezcla actual de las migraciones no elimina las diferencias eclesiales ligadas al territorio (Cf. RMi 37a).
Hay vastas zonas sin evangelizar: pueblos enteros y áreas culturales de gran importancia no han recibido aún el anuncio evangélico ni gozan de la presencia de la Iglesia local... Hay países, áreas geográficas y culturales en donde: faltan comunidades cristianas autóctonas (RMi 37e). Este es un dato objetivo que no puede ser olvidado por la Iglesia enviada a todos los pueblos para anunciar a Cristo y hacer discípulos del Señor.
Hay también lugares, donde las comunidades cristianas carecen de dinamismo para evangelizar su sociedad (Cf. RMi 37 e). "Cuanto más convertidos a Cristo, tanto más somos arrastrados por su anhelo universal de salvación. Asimismo, cuanto más vital sea la Iglesia particular, tanto más hará presente y visible la Iglesia universal y más fuerte será su movimiento misionero hacia los otros pueblos" (DP 363).
El cambio tan profundo que experimentan la cultura y las sociedades conforman un escenario sorprendentemente nuevo que interpela la acción evangelizadora: globalización, pluralismo, replanteamiento de criterios y de actitudes, masificación, nuevos ámbitos de socialización, revolución informática, todo eso marca un "cambio de época" y nos coloca en los umbrales de una nueva cultura con características impredecibles. Las transformaciones sociales
inciden sobre la actividad misionera en el ámbito local y universal: "Lugares privilegiados deberían también ser las grandes ciudades, donde surgen nuevas costumbres y modelos de vida, nuevas formas de cultura que luego influyen en la población. La «opción por los últimos» debe llevar a no olvidar los grupos más marginados y aislados, pero también es verdad que no se pueden evangelizar las personas o los pequeños grupos descuidando los centros donde nace una humanidad nueva" (RMi 37g).
¿Cómo hacer llegar el mensaje de Cristo a los jóvenes no cristianos, que son el futuro de continentes enteros? "... en numerosos países representan ya más de la mitad de la población: hacen falta asociaciones e instituciones, grupos y centros apropiados, iniciativas culturales y sociales para los jóvenes" (RMi 37h).
"Entre los grandes cambios del mundo contemporáneo, las migraciones han producido un fenómeno nuevo: los no cristianos llegan en gran número a los países de antigua cristiandad, creando nuevas ocasiones de comunicación e intercambios culturales, lo cual exige a la Iglesia la acogida, el diálogo, la ayuda y, en una palabra la fraternidad. Entre los emigrantes, los refugiados ocupan un lugar destacado y merecen la máxima atención (RMi 37b).
"Las situaciones de pobreza, a menudo intolerables, que se dan en no pocos países y que, con frecuencia son el origen de las migraciones en masa: e1 anuncio de Cristo y del Reino de Dios debe llegar a ser instrumento de rescate humano para estas poblaciones" (RMi. 37b).
El mundo de la comunicación: "que está unificando a la humanidad transformándola en una «aldea global». El trabajo en estos medios, sin embargo, no tiene solamente el objetivo de multiplicar el anuncio. Se trata de un hecho más profundo, porque la evangelización misma de la cultura moderna depende en gran parte de su influjo. No basta, usarlos para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta «nueva cultura» creada por la comunicación moderna" (RMi. 37c)
Existen hoy, además otros areópagos hacia los cuales debe orientarse la actividad misionera de la Iglesia:
- El compromiso por la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos.
- Los derechos del hombre y de los pueblos, sobre todo, de las minorías.
- La promoción de la mujer y del niño.
- La salvaguardia de la creación (RMi 37c).
"Hay que recordar además, el vastísimo areópago de la cultura, de la investigación científica, de las relaciones internacionales que favorecen el diálogo y conducen a nuevos proyectos de vida" (RMi 37c).
1. ¿Cuáles son los territorios más necesitados de la misión ad.gentes de los cinco continentes?
2. Enumerar los fenómenos sociales y culturales de nuestro continente americano donde más deberíamos colaborar si realmente tomamos conciencia de nuestra responsabilidad misionera ad gentes....
2.4.5. Agentes de la Pastoral Misionera
Si la misión pertenece a la naturaleza de la Iglesia, todo miembro de la misma es responsable y agente de esa misión, con los matices peculiares de cada ministerio, vocación o carisma. "La Iglesia es misionera y la obra de la evangelización es deber fundamental del Pueblo de Dios" (AG 35).
Tomar conciencia de ser Iglesia misionera equivale a ser Pueblo "mesiánico", participe de la "unción" y misión de "Cristo" sacerdote, profeta y rey: "Los fieles cristianos, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos participes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo" (LG 31; cf. LG 10). La "naturaleza misionera" de la Iglesia está, pues, en la entraña de toda vocación, ministerio y carisma; tomar conciencia de esta realidad es una nota de autenticidad en el seguimiento de la propia vocación y en la fidelidad a los ministerios y a los carismas.
Respecto a las personas concretas, la llamada del Papa se dirige ante todo a los obispos "responsables de la evangelización del mundo, ya sea como miembro del colegio episcopal, ya sea como pastores de las Iglesias particulares" (RMi 63).
A la Congregación para la Evangelización incumbe la coordinación, la animación y la profundización de los cometidos misioneros en el plano universal (RMi 63 y 76).
Las Conferencias episcopales y las conferencias de los religiosos tienen sus responsabilidades correspondientes, pero de respiro universal (RMi 63 y 76).
A las Obras Misionales Pontificias incumbe la animación y la cooperación (RMi 84).
El grito está dirigido a todos los grupos eclesiales. Los misioneros de por vida son invitados a ser fieles y a renovarse (RMi 27; 53; 57; 66-67; 83 y 91).
Los sacerdotes diocesanos, especialmente en los países de minoría cristiana, deben vivir la apertura y la disponibilidad misioneras (RMi 67-68).
Los religiosos, tanto contemplativos como activos, son invitados a un mayor compromiso misionero (RMi 69-70, 76).
Los teólogos son convocados a profundizar las implicaciones teológicas de la misión, ya sea directamente (RMi 2, 36), ya sea indirectamente (RMi 6, 17 y 29).
La llamada a los laicos se dirige con frecuencia de modo genérico cuando se invita a todos los creyentes (RMi 40, 77-85) o de forma específica (RMi 58, 71-72, 77 y 80). Son invitados a dar una contribución especial al diálogo (RMi 58) y a las nuevas formas de cooperación (RMi 80).
Se estimula a los catequistas y a los nuevos ministros (RMi 73-74), así como a los movimientos eclesiales (RMi 37, 72), y a los jóvenes, de los que se espera disponibilidad y respuesta vocacionales (RMi 79).
2.4.6. Vitalidad cristiana de la Iglesia particular comprometida en la actividad misionera
2.4.6.1 Espiritualidad Misionera
Una espiritualidad es una manera peculiar de vivir el Evangelio. Las formas de vivir el Evangelio son muy variadas, aún más inagotables las maneras que una persona, una comunidad, una Iglesia o una época pueda agotar toda la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo (cf. Ef 3, 18.19).
La vida misionera es también una forma de seguir a Jesucristo, el enviado del Padre. Esta vida requiere ser sostenida por una espiritualidad misionera puesto que la misión, además de provenir del mandato formal del Señor deriva de la exigencia profunda de la docilidad al Espíritu (cf. RMi 87) y de la vida de Dios en nosotros (cf. RMi 88-90).
Esta espiritualidad se llama misionera no porque viva unas determinadas virtudes y no otras sino porque está constituida por este movimiento de amor en sus tres esenciales dimensiones: movimiento hacia arriba o ascensión, movimiento a lo ancho o amplitud, movimiento hacia abajo o inserción.
Toda espiritualidad es misionera en cuanto contiene estos tres movimientos de ascensión, amplitud e inserción que evocan la figura de la montaña, símbolo de la espiritualidad.
El movimiento de ascensión lleva -como gracia del Espíritu- hacia el encuentro del Señor, hacia la comunión e intimidad con Él.
El movimiento de amplitud lleva -también como gracia del Espíritu- a percibir más allá de los habituales horizontes, la presencia implícita del Señor y los desafíos a que la misma se torne explícita. Es el movimiento que en la medida en que se sube la montaña se intensifica al punto de superar toda frontera, lográndose una visión planetaria. Es la experiencia de Pedro con el pagano Cornelio, para traer un ejemplo.
El movimiento de bajada o de inserción lleva -como gracia del Espíritu- a la encarnación en el mundo de aquellos a quienes se es enviado, en un esfuerzo de hacerse todo a todos, como fue la experiencia de Pablo.
Estos tres elementos son esenciales. Si faltase uno de ellos ya no se podría hablar de espiritualidad misionera.
La Iglesia debe inculturarse, ser solidaria con las alegrías y los dolores del mundo, pero debe también ser diferente del mundo, debe adoptar una actitud crítica frente a los aspectos negativos que nunca faltan. Sin esta diferencia no tendría nada más que ofrecer, se haría inútil.
La fidelidad a Cristo la compromete a asumir una actitud profética en la denuncia del mal. Jesús fue crucificado a causa de su testimonio a la verdad. La Iglesia sabe que no puede elegir otro camino. "Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes" (Jn. 15, 20).
Por la fe, recuerda el autor de la carta a los Hebreos, "muchos fueron torturados, apedreados y muertos: otros, soportaron burlas y azotes; otros anduvieron errantes ..." (Heb 11, 35-38)
Hoy todo esto se repite en América Latina, en África del Norte y Central y en la India. "Al término del segundo milenio -recuerda el Papa- la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser la Iglesia de los mártires" (TMA 37). "Acordaos de mis cadenas", escribía san Pablo a los cristianos colosenses desde la cárcel de Roma (cf. Col 4. 18). Desde las cárceles de China y de todos los mártires nos llega la misma invitación: "Acordaos de nosotros. No temáis la indiferencia, las afrentas y el riesgo. Sed valientes y comprometidos en el anuncio de Cristo y de su mensaje en nuestra vida cotidiana, y con todos los medios a vuestra disposición".
CUESTIONARIO
1. ¿Se promueve la formación espiritual con una intensa vida eucarística, con retiros y talleres de oración?
2. ¿Nuestras comunidades se identifican totalmente con una actividad social común a otros movimientos o manifiestan claramente que su misión principal en la de anunciar a Cristo y promover el Reino de Dios en una perspectivo escatológica?
3. ¿Saben adoptar una actitud profética con la denuncia de los males en al ambiente en que viven?
3. MARÍA, MODELO DE IGLESIA MISIONERA
La entrega de María a la realización del Plan Salvífico de Dios, con total disponibilidad y donación, hace que ella sea considerada no sólo como colaboradora en la redención del género humano sino que viene, además, propuesta como modelo de la Iglesia misionera.
La Iglesia siempre ha visto en María un ejemplo de lo que exige la misión, la renuncia total, para vivir profundamente el deseo de que otros tengan vida, y la tengan en abundancia.
No es posible hacer misión hoy ni ser misionero sin tener a María como modelo e intercesora. Como María, con María y por María la Iglesia continúa realizando el mandato de Cristo: anunciar su Reino a todas las gentes.
El primer objetivo es vivir como María más profundamente el misterio de Cristo. La dimensión mariana de la espiritualidad misionera hace redescubrir y vivir la naturaleza misionera y materna de la Iglesia (Gál 4, 4; 4, 19; 4, 26). "María es el ejemplo de la Iglesia misionera" (cf. RMi 92, LG. 65). El Papa encomienda toda la tarea misionera al amor materno de la Virgen María.
Reunirse con María en el Cenáculo es el segundo objetivo. Toda renovación eclesial auténtica, bajo la acción del Espíritu Santo, se realiza en el paradigma del cenáculo: Como los apóstoles después de la Ascensión de Cristo, la Iglesia debe reunirse en el Cenáculo con María la madre de Jesús para implorar el Espíritu Santo y obtener fuerza y ardor para cumplir con el mandato misionero (Hech. 1, 14). También nosotros, mucho más que los apóstoles, tenemos necesidad de ser transformados y guiados por el Espíritu (RMi 92; cf. AG 4; LG 59; EN 82; RH 22; RM 24).
"Mientras caminamos, María será la Madre educadora de la fe Ella tiene que ser cada vez más la pedagoga del Evangelio en América Latina" (DP 290).
A pesar de las muchas dificultades, la Iglesia actúa con confianza y esperanza: se reúne alrededor de María, como los primeros discípulos en el cenáculo, para implorar al Espíritu y obtener fuerzas y valentía con el fin de cumplir el mandato misionero y repetir junto con Ella su SÍ incondicional.Con el SÍ de María, Dios entró en el mundo para salvarlo y renovarlo. También hoy, con el SÍ de los misioneros, unidos al SÍ de María y al de generaciones de misioneros y cristianos en la historia de la Iglesia, Dios manifestará las maravillas de su amor en el corazón del mundo actual.
Estamos invitados a imitar a los apóstoles reunidos en el cenáculo con María para implorar y obtener la presencia y el poder del Espíritu.
Juan Pablo II ha caracterizado su misión con el lema del "Totus tuus" puesto en práctica. Asimismo, toda nuestra actividad, y en particular la misionera, se considera como participación de la maternidad eclesial de María, invocada como "La Madre de Jesús" (Hech 1,14), "la Madre de la Iglesia" (Pablo VI).
El Papa Juan Pablo II nos anima a que, en vísperas del Tercer Milenio, toda la Iglesia sepa reunirse como lo hicieron los apóstoles con María. Nos dice el Papa: "esto lo hace la Iglesia con María y como María... es ella, María, el ejemplo de aquel amor maternal, conque es necesario estén animados todos" (RMi 92c).
Los temas marianos nos hacen suscitar un dinamismo evangelizador al analizar la función de la Virgen María en el ministerio de Cristo y de su Iglesia.
Siempre la fecundidad de la obra misionera de la Iglesia, como lo muestra la historia, ha estado unida a la devoción a María. Ella "que es modelo de la Iglesia, también es modelo de la evangelización de la cultura. Está presente en nuestras tierras como la Madre común tanto de los aborígenes como de los que han llegado propiciando desde el principio la nueva síntesis cultural que es América Latina y el Caribe" (DSD 129).
Esto es lo que nos recuerda constantemente la presencia entre nosotros de la Virgen de Guadalupe con su rostro mestizo, y las múltiples advocaciones a lo largo de todo el continente.
Decía Juan Pablo II en Puebla: "Si queremos volver a la verdad sobre Jesucristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, tenemos que volver a María".
Así pues, si queremos realizar bien nuestra misión, tenemos necesidad de volver nuestra mirada a la Estrella de la Evangelización, para que sea una misión como María, una Iglesia que vive; con María, una Iglesia que sirve y por María una Iglesia que anuncia a Cristo misionero.
1. ¿Por qué afirmamos que María es Misionera?
2. ¿Cómo nos enseña a vivir María la espiritualidad misionera?
3. ¿Cómo experimentamos hoy la presencia de María en nuestras actividades misioneras?
Ayúdenos a brindarle un servicio
mejor.
Si tiene una sugerencia, una duda o consulta, escríbanos
infoweb@comla-cam.org